Sanidad

La prevención del suicidio: cómo detectar las señales de alarma y los factores de riesgo

La directora de la UGC de Salud Mental del Reina Sofía, Carmen Prada. La directora de la UGC de Salud Mental del Reina Sofía, Carmen Prada.

La directora de la UGC de Salud Mental del Reina Sofía, Carmen Prada.

La empatía, la escucha y la detección de las señales de alarma son los principales factores clave para la prevención del suicidio, una conducta que ha estado presente en la humanidad en todas las épocas históricas y que consiste en llevar a cabo una acción contra sí mismo para cumplir el deseo de muerte.

El componente psiquiátrico tiene un gran peso en esta conducta, de forma que más del 90% de las personas suicidas sufren enfermedades mentales, pero a esto hay que añadir otros factores concurrentes, como los aspectos sociales, económicos o culturales, según explica la directora de la Unidad de Gestión Clínica (UGC) de Salud Mental del Hospital Reina Sofía, Carmen Prada.

Con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se celebra este jueves 10 de septiembre, esta psiquiatra incide en la importancia de desmitificar ideas preconcebidas sobre esta conducta, al igual que superar los estigmas asociados a ella.

Hay determinadas patologías psiquiátricas que conducen más al suicidio, como los cuadros depresivos graves en los que hay una situación de desesperanza y conflicto real, pero que esa persona pondera como "irresoluble o catastrófico", es decir, no ve una salida a su problema. La esquizofrenia es otra de las enfermedades mentales más proclives al suicidio, aclara Prada.

Luego, hay una serie de "factores concurrentes" como el consumo de tóxicos (adicciones), la soledad o las rupturas. "Todo ello conlleva una situación de mayor riesgo inmediato de conducta suicida", señala la especialista del Reina Sofía, y añade que la mayoría de las veces se dan varios de estos aspectos a la vez.

Falsos mitos y creencias

Carmen Prada destaca que hay falsos mitos sobre el suicidio entre la población que, en ocasiones, impiden localizar a tiempo este tipo de conductas. Uno de ellos es la creencia de que quien se suicida quiere morir. Esto no es verdad ya que nadie quiere morir, y mucho menos matarse; sino que estas personas solo quieren dejar de sufrir. Esto es, nadie que es feliz se suicida, por eso hay que paliar ese sufrimiento y ayudarle a recuperar el deseo de vivir.

Otro de estos mitos señala que "quien lo dice, nunca lo hace", pero eso "no es del todo cierto". La especialista indica que "una expresión del deseo de muerte tiene que ser como mínimo escuchada e interpretada porque conlleva una situación de emoción en la que esa alternativa se ha contemplado como posible para la evasión definitiva. Esto es, ningún intento debe valorarse como llamada de atención sino como petición de ayuda.

También es falso que hablar del suicidio incite a hacerlo; al contrario, si se aborda de forma adecuada se facilita la superación de estas ideas autolíticas.

Señales de alarma

El hecho de que una persona hable de quitarse la vida ya es una señal de alarma, como explica la doctora Prada, pero hay otras situaciones que pueden servir de alerta, como la angustia o una "mayor expresión de catástrofe y desesperanza".

A esto se pueden sumar otros factores, como el consumo de sustancias tóxicas (adicciones), que conlleva un menor control de la impulsividad en la conducta; y las rupturas bruscas o pérdidas, ya sean económicas, de estatus o de figuras importantes.

Estas personas suelen estar más inquietas y ser más impulsivas, pero a veces puede ocurrir lo contrario, "una mayor rumiación, retraimiento, anhedonia (incapacidad para experimentar placer y la pérdida de interés) y aislamiento. También suelen ser "no proclives a la interacción y a la ayuda".

"Son sutilezas, pero en un entorno inmediato se acaba viendo un desapego de lo próximo, de lo sentido anteriormente como importante", añade Prada.

En el ámbito clínico o de proximidad, es importante preguntar de forma directa porque al hacerlo "no se va a desencadenar una conducta, nadie va a tomar una decisión de esa envergadura porque se le pregunte si lo está pensando; sin embargo, al preguntar se puede recibir una negativa, pero también puede haber un indicio de cómo se expresa esa negativa o incluso una explicitación de que sí".

Por todo esto, es fundamental la empatía y la escucha de lo que esa persona está diciendo de forma verbal y no verbal.

La prevención

"Siempre tiene que haber una situación de alerta ante estos indicios", apunta la psiquiatra, y una inmediata búsqueda de ayuda. En esta línea, recuerda que "alrededor de las conductas autolíticas hay mucho oscurantismo y mucho estigma social". Por ejemplo, "nadie oculta que un familiar ha muerto de cáncer, pero sí lo hace si la muerte se ha producido por suicidio".

Para luchar contra eso, hay que "difundir una información veraz y científica" sobre esta conducta y hablar sobre ella como un problema de salud pública. Por otro lado, hay que incidir especialmente en la población adolescente y anciana, dos grupos de edad con mucho riesgo, y llevar a cabo políticas y programas de prevención "centrados, sensatos y no publicitarios".

Por último, hay que proporcionar pautas prácticas de actuación a educadores, profesionales sanitarios, familiares y cuidadores. Estos dos últimos tienen un papel fundamental en la detección y apoyo.

Las cifras del suicidio

En el año 2018 -último del que tiene datos el Instituto Nacional de Estadística- se registraron diez suicidios al día en España. El 74% fueron de hombres y el 26% de mujeres. La cifra es tan alta que se trata de la principal causa externa de muerte en el país, duplicando a los accidentes de tráfico y multiplicando por 13 a los homicidios.

El mayor número se producen entre los 40 y los 59 años (un 41% del total) y casi 900 suicidios al año se registran entre mayores de 70 años. De hecho, el riesgo aumenta con la edad, sobre todo en varones, siendo las mayores tasas en los que tienen más de 79 años. Respecto a las edades más tempranas, en el caso de los hombres el riesgo se multiplica por siete; mientras que el de las mujeres se triplica.

Andalucía es la comunidad autónoma con mayor número de casos (el 18,5% del total), seguida de Cataluña y la Comunidad Valenciana; sin embargo, las mayores tasas por 100.000 habitantes se registran en Asturias, Galicia, Murcia y Canarias. Por provincias, destaca Jaén (con 12 suicidios por 100.000 habitantes), Asturias y Lugo (con 11) y La Coruña, Huesca, Soria y Ávila (con diez).

En 2018, en Córdoba se anotaron 62 suicidios, lo que supone una leve bajada respecto al año anterior, cuando 73 personas se quitaron la vida de forma voluntaria.

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