Memoria Histórica

Tierra de 60.000 presos republicanos

  • El doctor en Historia Francisco Navarro publica 'Cautivos en Córdoba (1937-1942)', una obra que aborda, desde la investigación, los campos de concentración de la época

Presentación del libro, en Casa Góngora. Presentación del libro, en Casa Góngora.

Presentación del libro, en Casa Góngora. / Jordi Vidal

Córdoba fue la provincia española donde más campos de concentración fueron creados por los sublevados. Así lo relata el libro Cautivos en Córdoba (1937-1942), obra del doctor en Historia Francisco Navarro, un trabajo de ardua investigación que este aguilarense inició para su tesis doctoral. “El tema es inédito”, relata Navarro antes de presentar el libro en Casa Góngora, junto a la escritora Matilde Cabello y la directora del Archivo Municipal de Córdoba, Ana Verdú.

La obra explica hechos desconocidos hasta ahora, como que el convento de San Cayetano fue el campo de concentración más numerosos de todos, o que la provincia contabilizó más de 60.000 prisioneros de guerra republicanos. Las razones que esgrime Navarro para justificar que estos datos se desconozcan se centran en el hecho de que en Córdoba, en la época, “no hubiera grandes obras”, como por ejemplo, el Valle de los Caídos, en el municipio madrileño de San Lorenzo del Escorial. Sin embargo, los presos de Córdoba sí fueron empleados para otra tareas, cuanto menos, trabajosas.

Según Cautivos en Córdoba (1937-1942), hasta 400 presos construyeron la cárcel de Fátima, en obras desde 1938 hasta 1944. También fueron utilizados en diversas faenas agrícolas en Bujalance y Hornachuelos, reparaciones en estaciones y vías de ferrocarril en Alcolea y Valsequillo, la construcción de una iglesia en Peñarroya-Pueblonuevo, el arreglo de una capilla de un convento en Bujalance, reparaciones de calles en varias localidades como ocurrió en Montilla, mozos de carga y descarga en Aguilar de la Frontera, empleados en una factoría de piedra caliza en Cerro Muriano, en las minas de la cuenca minera de Peñarroya, fortificaciones, pistas, carreteras, desmontes y un largo etcétera.

La investigación ha permitido conocer al historiador que, solamente entre 1937 y 1939, hubo 13 campos de concentración en Córdoba, así como una treintena de unidades de trabajos forzados. Para Navarro, las cifras que se alcanzan en este sentido suponen que Córdoba entera “fuera una inmensa prisión”.

En la provincia hubo 13 campos de concentración y 30 unidades de trabajos forzados

Otros puntos estudiados por Navarro han sido el análisis de los prisioneros, la procedencia y el destino de los reclusos, así como el itinerario que seguían estos. Igualmente, ha investigado los motivos de las diferentes ubicaciones. En el libro aparecen rigurosas descripciones de las instalaciones, el número de reclusos, las capacidades, las condiciones o los adoctrinamientos. A su vez, ha analizado las unidades que se ocupaban de la vigilancia de los campos de concentración.

Un apartado al que Navarro dedica especial relevancia es a la sanidad y la mortandad de los prisioneros. Aquí destaca el Hospital de San Sebastián de Palma del Río, que albergó a más de 3.000 presos. “Aunque la peor parte de la represión carcelaria”, explica el autor, “se la llevaron los presos de las dos prisiones provinciales de la capital”. Aquí, según sus investigaciones, murieron cientos de personas a lo largo de 1940 y 1941. El libro cuenta que funcionarios y máximos responsables de estas prisiones se quedaban con buena parte de los alimentos que a priori eran destinados a la alimentación de los reclusos, todo ello para venderla en el estraperlo. Los fallecidos se amontonaban en la enfermería de la cárcel debido a la falta de vitaminas o de enfermedades derivadas de la carencia de comida. “Aunque los responsables directos de este exterminio fueron juzgados y condenados, fueron poco más tarde absueltos, lo que indica el grado de importancia que tuvo la vida de los prisioneros para el nuevo régimen”, lamenta Navarro.

Con este trabajo de investigación, el historiador ha llegado a la conclusión de que, con los campos de concentración y las diferentes unidades de castigo, “se buscaba la transformación de la identidad de los prisioneros en aquellos que consideraban que podían ser rescatados del error marxista” e “imponer un castigo a los que se habían opuesto al régimen y de paso aterrorizar a la población civil”. Sobre esto último, añade que “tanto los prisioneros como los recintos donde estaban recluidos estaban a la vista, amenazando a la gente donde podían acabar si no se adherían a la causa sublevada”.

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