40 años de lucha contra el VIH/Sida

Antonio, infectado por VIH en Córdoba: “Lo pasé fatal, pero dentro del problemón que supuso, mi vida es muy normal”

Antonio, en una imagen al trasluz para ocultar su identidad.

Antonio, en una imagen al trasluz para ocultar su identidad. / Juan Ayala

Antonio tiene 40 años y desde hace cinco y medio es positivo por VIH. En mayo de 2016, y “casi de casualidad”, fue diagnosticado después de acudir a hacerse las pruebas porque su novio de entonces “tenía una infección en la orina y le preocupaba”. Eso sí, “nunca” sabrá desde cuándo está infectado, pues antes estaba sin pareja y, como otros muchos jóvenes de hoy en día, tenía relaciones más esporádicas, casi siempre con protección: “El 95% de las veces siempre tomaba precauciones y en una de las que no, pasó”. “Lo pasé fatal”, relata en una sincera conversación con el Día, en la que lanza un mensaje de esperanza, sobre todo para quienes se enfrenten a este duro trance, porque “los tratamientos son buenísimos y puedes tener una vida saludable”.

En su caso, la detección precoz fue fundamental, pues la medicación que sigue desde aquel preciso momento le permitió en apenas cuatro o cinco meses recuperar los niveles de defensas habituales y el virus pasó a ser indetectable y, por tanto, a ser intransmisible. A ese paso médico, básico para dar luego los siguientes, continuó la recuperación psicológica, la aceptación de la afección y la -cruda- convivencia con los estigmas sociales que persisten, aspectos en los que ha jugado un papel clave la asociación Iemakaie, desde donde Antonio recibió apoyo cuando estaba “hundido y machacado”.

Y eso que no tiene queja de la labor del médico que lo atendió, le dio la noticia, e intentó explicarle “todo” en torno a la infección, aunque para superar ese trance era básico contar con “ayuda emocional”. “Estaba perdido y sin información, me pilló de nuevas porque tenía muchas ideas equivocadas y me ayudaron a ordenar todos esos pensamientos que me venían de golpe, porque la situación te sobrepasa en todos los sentidos. No me lo esperaba en absoluto”, recuerda con cierta emoción en la voz Antonio.

“Eso al final te hunde porque todos tenemos una especie de imagen de que esto fuese lo peor del mundo, algo que te deshonra, te mancha, te convierte en peor persona, te denigra o te persigue toda la vida como una condena, y esas ideas las tenía yo en la cabeza”, continúa el paciente, que apunta que desde Iemakaie se encargaron de darle más realismo a la situación: “Esto es mala suerte, porque todo el mundo tiene relaciones de riesgo a día de hoy, tanto heteros como gais, y le puede pasar a cualquiera. Aunque lo tengamos más asumido en el colectivo gay, pasa en todos, pero esta es la lacra que nos persigue”.

–¿Cómo se encaja el momento en el que conoce el positivo?

–Nunca te planteas que te pueda pasar. Lo ves como algo que le pasa a otras personas. Es algo que lo solemos asociar a gente que lleva una vida más desordenada, con coqueteo con las drogas, con una vida sexual alocada, pero puede pasarle a todo el mundo. Te hundes, lo pasas fatal, no quieres salir de casa, sientes que te has defraudado a ti mismo por hacer algo malísimo por lo que merecías un castigo... pero poco a poco las cosas se van poniendo en su sitio porque le puede pasar a cualquiera. En aquel momento no paraba de llorar, estuve una semana llorando, no quería hablar con nadie, que nadie lo supiera, pero cuando lo fui asumiendo, me di cuenta de que lo peor que podía hacer era callarme. Se lo conté a pocas personas, pero de mi confianza, a mi hermana mayor, a mi mejor amigo, y a la pareja con la que estaba, que ya no estamos juntos, porque tenía que hacerse más pruebas. Tienes que buscar apoyo en la familia, los amigos o en un terapeuta que te dé las herramientas para tirar para adelante, porque es algo muy fuerte tener que vivir con esa situación. Lo pasé fatal.

"En aquel momento no paraba de llorar, estuve una semana llorando, no quería hablar con nadie, que nadie lo supiera, pero cuando lo fui asumiendo, me di cuenta de que lo peor que podía hacer era callarme"

Principalmente, y ahí es donde entra en juego la necesidad de hacerse pruebas para diagnosticar de manera precoz, porque “no hay ningún síntoma” y tener una infección por VIH "es lo que menos te esperas y por eso te pilla de sopetón”. Antonio recuerda que “el virus está en tu cuerpo, no se puede eliminar, pero el tratamiento anula su capacidad de transmisión; está como si fuera dormido y ya te dice el médico que no puedes transmitirlo”, pese a que eso no ha variado sus hábitos a la hora de mantener relaciones sexuales: “Sigo tomando todas las precauciones del mundo”.

–Ser de un pueblo, donde casi todo el mundo se conoce, conllevaría ese miedo a que se supiera la noticia.

–Totalmente. Recuerdo que cuando iba las primeras veces a la consulta, me daba la paranoia de que alguien me pudiera reconocer y que, al estar en ese sitio, ya tenías que estar por VIH cuando van también por otras enfermedades. Se me venía a la cabeza que podían pensarlo y tenía una paranoia gordísima, igual que cuando alguien se me quedaba mirando. No deberíamos tener esas paranoias, es todo más simple, pero ese golpe, esa hostia que te da la vida, hace que tu autoestima esté por los suelos y cualquier mínima cosita te afecta más que antes y eres más vulnerable”.

Con todo, y aunque Antonio no ha tenido “la mala suerte” de que alguien lo haya rechazado por su afección, ni siquiera una pareja que tuvo luego, ya como infectado, sí siente “mucha pena” de algunos comentarios. “El otro día me crucé con un grupo de jóvenes en el que uno de ellos insultó a otro diciéndole que era un sidoso; seguro que no sabe ni de lo que habla ni de lo que va esto del VIH, pero esta forma despectiva de hablarle a esa persona me molesta porque veo que la gente está muy mal informada y hace falta mucha educación afectivo sexual en los jóvenes. Me da rabia que la gente opine de esto sin haberlo vivido ni haber tenido nadie cerca que lo haya sufrido”, subraya.

–¿Le contó que era positivo a sus padres?

–No lo hice porque eran muy mayores; ya les costó mucho trabajo aceptar que era gay, y hubiera sido un palo gordísimo para ellos. En su mentalidad solo lo hubieran recibido como una deshonra, una desgracia y algo tremendamente negativo. No se lo conté nunca y murieron sin saberlo. A lo mejor otra persona con padres más jóvenes o con otro tipo de relación, seguro que está genial que lo hagan. Creo que en el fondo hice bien porque hubiera sido un sufrimiento mayor para ellos y les iba a provocar infelicidad y de esta forma conseguí que sus últimos años fueran más tranquilos. Me tuve que comer solo el sufrimiento, sin su apoyo, pero no se me pasó por la cabeza nunca contárselo porque buscaba su bienestar, sin añadirle otra preocupación extra”.

"ese golpe, esa hostia que te da la vida, hace que tu autoestima esté por los suelos y cualquier cosita te afecta más que antes y eres más vulnerable"

Porque si algo reconoce Antonio es “el miedo en la cara, esa reacción de sorpresa mezclado con pánico” que supone contarle a alguien que eres positivo por VIH “porque no se lo esperan y creen que te vas a deteriorar, vas a enfermar o vas a morir”. “Hay que hablar del tema, porque tenemos muchos prejuicios de los 80, en los que no existía un tratamiento y la gente moría. Entonces teníamos la idea de que era una condena de muerte, pero esto ha cambiado ya”, insiste, recordando aquellos primeros instantes en los que comunicó a su hermana mayor que estaba infectado: “Lloró conmigo, nos abrazamos, temblando los dos” temiendo un fatal desenlace que ahora mismo no es tal porque “con un tratamiento puedes vivir el resto de tu vida”, lo que hizo que ya se tranquilizara y “me mostrara su apoyo”.

“Ojalá todo el mundo fuera así, pero creo que la mayor parte de la sociedad no tiene esa sensibilidad”, se lamenta en voz alta Antonio, que echa en falta una mayor concienciación unida a campañas de información. “El hecho de que no haya una asignatura de educación sexual en los institutos implica que los chavales crean que están al margen de todo esto, y esto es una realidad oculta por el estigma tan grande que tiene. Viendo lo que es, quizás la gente se preocuparía de informarse y de tener más cuidado. Hace falta mucha educación sexual y emocional para empatizar con quienes lo sufrimos y más sensibilidad, porque nadie estamos libres y solo hay que respetar, apoyar y comprender que estas cosas pasan y nadie estamos al margen”, argumenta.

Porque si algo ha aprendido en este viaje de cinco años y medio siendo positivo Antonio es a ver “las cosas que realmente tienen importancia y las que no”, pues “hay historias mucho más graves, que condicionan más la vida y tienen peores consecuencias” que el virus de la inmunodeficiencia adquirida “porque si haces el tratamiento bien no tiene que generar ningún tipo de reacción y puedes tener una vida normal y estable”. “A pesar de la mala suerte que tuve, el problemón que supuso y el esfuerzo psicológico que tuve que hacer, llevo una vida bastante normal, dejando que esto ocupe el lugar que tiene que ocupar en mi vida, sin darle más peso”, continúa el paciente.

–¿Un último mensaje?

–Nadie quiere pasar por esto, es lógico que al principio se te venga el mundo encima, lo pases fatal o llores porque nadie quiere tener una enfermedad para siempre, pero dentro de lo que supone, te tienes que decir a ti mismo que tienes que tirar para adelante y ser responsable para que la vida que te quede vivirla bien, teniendo precaución en el ámbito sexual y que la salud sea lo mejor que puedas. Porque al principio te ves sucio, desprotegido, pero hay que intentar eliminar todos esos prejuicios negativos porque a cualquiera nos puede pasar. Seguro que otras personas estaban más expuestas y yo que tenía cuidado, por un descuido, me pasó. Nadie va a ir buscándolo a propósito, pero pasa y hay que asimilarlo de la mejor manera posible, pedir ayuda, buscar apoyo en gente que te quiere y en profesionales como los de la asociación Iemakaie que son tan comprometidos”.

"al principio te ves sucio, desprotegido, pero hay que intentar eliminar todos esos prejuicios negativos porque a cualquiera nos puede pasar"

Porque si algo tiene claro Antonio es que, “afortunadamente, la vida sigue”. Y hay que vivirla cada uno como le ha tocado. “Los avances médicos que hay no son para erradicar el virus de tu cuerpo y que te cure. Yo tengo asumido que me moriré sin que haya un medicamento que me cure”, lo que no le impide afrontar, ahora sí, cada mañana con una sonrisa en la cara y sabiendo que todavía tiene muchas cosas que hacer y que decir en este mundo.

* Antonio es un nombre ficticio para preservar la intimidad de este paciente infectado por el VIH.

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