Don José María Muriel, en la memoria de Córdoba
Un mes después del fallecimiento del que fuese decano de los abogados, se plantea al Ayuntamiento de Córdoba la propuesta de dedicarle una calle
Hay hechos impactantes y hechos en los que para nada interviene la voluntad humana, sino la divina. Entre los primeros catalogo el de la desaparición de un amigo, de un gran amigo y compañero en las lides litigiosas, docentes y culturales, y entre los segundos el que podría denominar inesperado y sorpresivo desenlace vital, la otra cara de la misma moneda. Llamé el día anterior a su fallecimiento a José María Muriel (Córdoba, 1932-2026) y no logré mi propósito porque estaba bajo los efectos de la medicamentación a la que por prescripción facultativa y desde hacía tiempo estaba sometido. Hasta aquí todo normal, pero quién me iba a decir que ya no volvería a poder cambiar impresiones del diario vivir con quien conocía y admiraba desde hacía casi medio siglo.
¿Por qué me paro a rendirle homenaje particular al amigo y compañero que dejó un semillero de frutos en el tejido profesional, social, cultural y urbano cordobés?
En primer lugar por su actividad como abogado. José María Muriel, hijo de docentes y de ascendencia carcabulense, estudió en la Universidad de Sevilla cuando la de Córdoba ni existía ni se la esperaba. Se licenció en el año 1962 y de inmediato se incorporó al despacho profesional de don Bartolomé Vargas, sito en la Plaza de San Hipólito, integrando el equipo jurídico de otro gran jurista y abogado y decano que fue del Colegio. Con quien comenzó siendo su discípulo terminaría convirtiéndose en “familiar”, amigo y compañero, es decir mucho más que devoto por la estrecha convivencia y admiración.
José María Muriel, ya abogado independiente, ha dejado en Córdoba una esplendente hoja de servicios, como representante y causídico de Aucorsa, Mercacórdoba y otras empresas locales, y como experto en recursos ante las distintas instancias y órdenes jurisdiccionales: civil, penal, contencioso administrativo, social, amparo y arbitral. Lo que se dice un todo terreno jurídico, llegando a ser, como su maestro, también decano del Colegio de Abogados (1992-2002) (hoy de la Abogacía), en cuyo paquete profesional está el de su asesoramiento al Círculo de la Amistad.
Es en esta etapa en la que conviene justamente ahora incidir. Dos son los hitos memorables, uno material, la nueva sede de la calle Morería, y otra de carácter inmaterial, la revista Calle de Letrados, ahora en su haber con cerca de un centenar de números publicados.
En lo que respecta a la nueva sede colegial, inaugurada en el 2001, coincidiendo con el 230 aniversario de la fundación de la Corporación, hay que dejar constancia de haber sido su máximo mentor e inspirador, lógicamente con el beneplácito de la Junta de Gobierno del Colegio, lejos de la Sala de Togas de la Audiencia Provincial, a la sazón su raquítico equivalente. Barajó primero la posibilidad de ubicarla en la antigua Casa de Manolete de la Avenida de Cervantes, para decantarse posteriormente por establecerla en la calle Morería, en cuyo solar en pleno centro urbano y Casco Histórico hoy se alza con proyecto de los arquitectos Olivares y Artacho y empresa constructora Incode, S.A. Sus palabras “íntima satisfacción”, “profunda alegría” y “me siento muy feliz” denotan la culminación de un ansiado plan y programa con vocación de futuro no carente inicialmente de serias dificultades debidas a los restos arqueológicos localizados y necesariamente susceptibles de conservación museística.
Otro tanto hay que decir del nacimiento de la revista Calle de Letrados, en cuyo número 1, aparecido en diciembre de 1992, proclamaba que enlazaba la Córdoba decimonónica de la abogacía sacerdotal y de la toga sin bolsillos con la "Poesía del Derecho”.
Los editoriales y cartas suyas insertas en esta publicación revelan estar al día de los problemas que acucian al sistema y de los temas más candentes y reales del momento como defensor de emblemáticos casos de macrojuicios, algunos de ellos de los más famosos y virales.
Y de aquí, igualmente persuadido de su vocación docente, primero como profesor del Colegio Universitario de Córdoba, y después como profesor asociado del Departamento de Instituciones Jurídicas Públicas y Privadas de la Facultad de Derecho, como promotor de Congresos, Jornadas y Simposios de rabiosa actualidad.
No es extraño, por ello, concluyo, que un hombre tan activo y bien preparado, un prohombre cordobés, haya sido recompensado con las máximas distinciones y honores de su ámbito. ¿No merece Córdoba que se rotule una calle con el nombre de Decano José María Muriel de Andrés? Estoy seguro de que el Ayuntamiento, de hacer suya esta propuesta, avalada por miles de ciudadanos, abogados y juristas, habrá hecho justicia cobrando cuerpo la famosa y contundente sentencia de Cicerón: “La vida de los muertos es la memoria de los vivos”.
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