Carbón para el Ministerio de Sanidad

Los médicos no piden milagros ni ornamentos, sino algo mucho más austero: condiciones que les permitan ejercer bien su trabajo y un sistema capaz de sostenerse sin poner en riesgo ni a pacientes ni a profesionales

Cenar poco, una reflexión cervantina

Concentración de médicos contra el borrador del Estatuto Marco que pretende aprobar el Ministerio de Sanidad. / El Día

Ha pasado un año desde la carta que dirigí simbólicamente a los Reyes Magos, cargada de peticiones para reparar una sanidad pública fatigada. Lo que antes era deseo razonado se ha convertido en queja sostenida, en réplica sin retorno, impulsada por la huelga médica que recorrió el país y que expresó un malestar profundo, acumulado durante años y ahora imposible de seguir transigiendo. Señora ministra, los médicos han despertado de un letargo impuesto.

Los médicos salieron a las calles para denunciar que el borrador del nuevo Estatuto Marco no solo no mejora sus condiciones, sino que amenaza con empeorarlas. Las guardias continúan siendo jornadas extenuantes heredadas de otro siglo, la sobrecarga asistencial es estructural, la burocracia abruma, los salarios están desactualizados y la falta de reconocimiento sigue siendo la norma. El sistema MIR vive entre tensiones; los jóvenes emigran sin ver futuro claro, la Atención Primaria se hunde bajo un volumen ingobernable de pacientes y la investigación sobrevive gracias al sacrificio personal de quienes, incluso agotados, siguen creyendo en la ciencia pública.

El Ministerio de Sanidad intentó transmitir que el seguimiento de la huelga fue limitado, pero esa lectura superficial se desmiente al revisar la realidad de los hospitales. Los propios informes internos revelan que la baja incidencia aparente está profundamente sesgada por los servicios mínimos impuestos, muchos de ellos prácticamente del 100 % en especialidades críticas, centros de referencia o áreas donde la plantilla ya está tan mermada que cualquier reducción sería insegura. Esa estrategia, lejos de garantizar únicamente el funcionamiento esencial, ha reducido el derecho a la huelga a un ejercicio simbólico en numerosos servicios, convirtiendo el seguimiento estadístico en una fotografía irreal. Lo que en papeles se presenta como “actividad normal” es, en realidad, el resultado de la imposición de unas condiciones que bordean la vulneración del derecho fundamental a la protesta.

En paralelo, los testimonios de los médicos durante la huelga dan la misma imagen de fondo: hartazgo. Hablan de hospitales que funcionan “al límite y a costa del sacrificio físico y mental de sus trabajadores”, de tutores MIR desbordados y de profesionales que se plantean abandonar la vocación porque la estructura laboral no les permite vivir con dignidad. La carta a los Reyes Magos mencionaba la necesidad de integrar la atención sociosanitaria, aumentar la inversión en recursos humanos y materiales, actualizar planes de prevención, especialmente en salud mental, reconocer especialidades y evitar la fuga de profesionales. Hoy, son una radiografía exacta del conflicto que se materializó en la calle.

La situación política no ayuda. La polarización y la crispación convierten la sanidad en un terreno alegórico muy valioso, pero poco atendido en lo estructural. Las autonomías difieren en modelos, ritmos, prioridades y presupuestos, lo que fragmenta la respuesta y dispersa la responsabilidad. El Gobierno central intentó mostrar firmeza para evitar que la huelga se convierta en un precedente de presión efectiva, mientras los profesionales se niegan a que sus reivindicaciones vuelvan a ser desplazadas o diluidas.

Por eso la metáfora de los Reyes Magos adquiere un sentido inesperado. Los médicos no piden milagros ni ornamentos, sino algo mucho más austero y, sin embargo, más difícil de conceder: condiciones que les permitan ejercer bien su trabajo y un sistema capaz de sostenerse sin poner en riesgo ni a pacientes ni a profesionales. No son regalos: son derechos, y son garantías colectivas. Porque ahora el destinatario no es el mito de Oriente, sino un Gobierno que a menudo parece más preocupado por la gestión del relato que por la gestión del problema.

Esta huelga no fue un acto de rebeldía corporativista, sino un aviso de colapso. Y lo que resolvería el problema es abordar las raíces del deterioro: inversión real, planificación a largo plazo, reconocimiento profesional, sostenibilidad estructural, en definitiva, un pacto nacional que coloque la sanidad en el lugar que merece. Ese sería el verdadero regalo que este año podría dejar la política española bajo el árbol. Todo lo demás es carbón.

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