El parqué
Ligeros ascensos
SE ha atrevido últimamente a pintar la música y el cosmos. Una singular aleación de osadía y serenidad, de riesgo y seguridad define el más reciente tramo creativo de Antonio Bujalance (Doña Mencía, 1934), pintor, muralista, vidriero, ilustrador, académico, maestro de pintores. Y sigue buscando, explorando, desafiando al lienzo en blanco como quien acepta que nunca un conocimiento es definitivo, que de alguna manera siempre hay algún hallazgo latente.
-Recientemente estuvo en el ciclo El artista presenta su obra del Museo de Bellas Artes. ¿Le resulta cómodo hablar de su pintura?
-A los pintores nos pasa que el ámbito en que estamos a gusto es pintando, es nuestra manera de expresión más lógica. Lo otro nos cuesta más. A mí, no obstante, no se me da mal porque he estado tantos años dando clase en la Escuela de Artes y Oficios…
-¿Qué inquietudes tenía aquel joven que a finales de los 40 fue becado por la Diputación para estudiar dibujo y pintura?
-Era una ilusión extraordinaria. Esos primeros años estudiando en la Escuela de Artes y Oficios supusieron para mí un gran cambio. Yo venía de Bujalance, donde no había ningún ambiente artístico, era un ambiente sencillo rural. Al llegar aquí me encuentro con modelos y reproducciones de estatuas griegas y romanas, del Renacimiento… Un cambio muy grande con 15 años.
-¿Desde cuándo supo que quería ser pintor?
-Lo sentía desde muy pequeño, y por lo visto daba ya unas ciertas señales de inclinación hacia el dibujo. Yo en el pueblo desconocía la historia del arte, no tenía conocimiento de los grandes movimientos artísticos e históricos ni acceso a libros.
-¿Y cómo era esa Córdoba de finales de los 40?
-Una Córdoba muy ajustada a lo que es una ciudad de posguerra, marcada por las necesidades de unos tiempos difíciles. Yo apenas tenía dinero para comprar materiales, pero en la Escuela de Artes y Oficios me daban papel y carboncillos. Luego vinieron los años en los que yo iba progresando, salieron algunos encarguitos, algún dinerillo, y eso me permitió ir comprando materiales y otras cosas.
-¿Cómo influyó el hecho de haber tenido desde pequeño un contacto tan directo con los paisajes del campo en su vocación pictórica y paisajística?
-A mí el paisaje siempre me ha interesado mucho, y la prueba es que lo sigo practicando, con otros puntos de vista, otros anhelos y otras pretensiones. En Doña Mencía estuve solamente dos años y no tengo recuerdos. Luego mi familia se trasladó a Bujalance, de la que tengo recuerdos entrañables: yo veía a los hombres del campo, la siega, la trilla, la recolección…, todo ese ambiente rural me cogió de niño. Llegó la máquina y borró eso del todo; ahora vas a los pueblos y no ves segadores ni trilladores ni hombres arando. En las primeras exposiciones que hice aquí, en 1972 y luego en 1975, los temas protagonistas eran los del campo. Luego viré hacia un paisaje más imaginario y más creativo.
-Y en todas estas décadas, ¿cómo ha percibido la relación de Córdoba con las artes plásticas?
-Yo he tenido contacto con los artistas y las galerías de estas décadas. La galería Studio tuvo una época muy interesante, y sigue estando, aunque decayó un poco. Sigue habiendo exposiciones en la Escuela de Artes y Oficios y en otras galerías que salieron. Yo me fui a Sevilla a estudiar la carrera de Bellas Artes y allí había otro ambiente, de mayor altura. Obtuve también una beca en la provincia de Jaén, en Baeza, y posteriormente un traslado a Sevilla, antes de volver a Córdoba. También hice unos cursos de pintura rural en Barcelona y de cerámica en Manises y en Burgos. Pero puede decirse que yo no he salido de Córdoba. Para mí, Córdoba ha sido y es muy entrañable. Ahora hay otros ambientes, los estudiantes saben idiomas, se trasladan al extranjero, hay más becas. A mí me cogieron unos tiempos muy difíciles.
-¿Y cómo ve la Córdoba actual?
-Si se compara en términos de actividades artísticas con Madrid, está claro que es una capital de provincias. Pero creo que se hace todo lo que se puede, hay una oferta de exposiciones y acontecimientos culturales en la que colaboran el Ayuntamiento, la Diputación, la Escuela de Artes y Oficios, la galería Carmen del Campo... Hacen lo que pueden, y más ahora con la crisis que tenemos.
-Los lenguajes contemporáneos nunca han tenido una penetración fácil en la ciudad...
-Sí, pero pasa en todas partes. Se conoce más lo histórico, el Museo del Prado, Velázquez, Zurbarán…, los pintores de la tradición. Al arte contemporáneo le cuesta más ser asimilado. Eso es inevitable y hay que aceptarlo. Pero es el arte de nuestro tiempo y cada tiempo ha hecho el arte que lo representa.
-¿Le cuesta mucho dar un cuadro por terminado?
-A veces lo dejas porque tienes que dejarlo… Otras piensas: ¿qué le hago? Y está el miedo de que, si te pasas, lo puedes estropear. Siempre te queda la duda de en qué habría que mejorarlo.
-¿Qué importancia tiene la imaginación en su obra más reciente?
-Es un tema muy importante para mí. Yo empecé estudiando mucho, unos siete años, en la Escuela de Artes y Oficios, donde todo era copiar, y luego en Sevilla, donde también había mucha copia, alternando con la historia del arte, la anatomía y otras muchas asignaturas. Llega un momento en que te planteas que te gustaría hacer otra cosa más imaginativa que copiar del natural. Yo quería seguir cultivando el paisaje, pero desde un punto de vista imaginario y emocional y cultivando las técnicas ya aprendidas. Un paisaje que saliera de dentro, procurando que estéticamente los cuadros fueran interesantes y con una visión más actual.
-Y con una singular mezcla de belleza y misterio en sus últimas series…
-Llegó un momento en que pensé que ya había pintado muchos paisajes en el nivel del terreno, de la persona, el paisaje habitual, y tuve la idea de, imaginariamente, pintarlo desde una altura determinada, con los continentes, los ríos… Hice una serie que me agradó y de la que vi que podía sacar partido. Mucho después intercalé el tema de la música, que me interesa muchísimo, también con la idea de hacer algo imaginario: traducir los sonidos musicales a pintura, a ver qué ocurría. Y últimamente, y después de hacer el paisaje de la tierra a vista de pájaro, desde la altura, decidí invertir el punto de vista e imaginar que podía ver el cosmos, que me impacta mucho. De ahí salió otra serie de obras que son las que se han visto en las últimas exposiciones.
-Y que son como paisajes interiores proyectados en el absoluto...
-Sí, en realidad son paisajes. Lo que nos cuentan los astrofísicos sobre la explosión primera del universo y el hecho de que esté todavía expandiéndose me impacta y me hace reflexionar mucho. Tuve el atrevimiento de empezar a pintar eso a la pequeñísima escala mía.
-Sus últimos proyectos comparten ese carácter de osadía: se ha atrevido a pintar la música y el cosmos…
-Y hace unos años hice una serie de seis cuadros sobre esa explosión del cosmos y sus primeros momentos. Pasó por aquí una señora que vive en Colonia y se disponía a inaugurar una galería en esa ciudad y se los llevó para que formaran parte de la exposición inaugural junto a otros dos pintores. Luego se expusieron también en Frankfurt. Respecto a la música, yo me preguntaba si se podía pintar y lo he intentado, indicando las líneas del pentagrama y colocando distintos colores y ráfagas que aluden a las notas musicales.
-¿Cómo se da cuenta un artista de que el tema en el que ha estado trabajando un tiempo ya está agotado y debe dar un salto?
-De hecho, estos temas de los que estamos hablando no voy a tocarlos más, al menos por ahora, y estoy reflexionando, pensando, haciendo bocetos… A lo mejor sigo con el paisaje pero con otra intencionalidad. A lo mejor voy hacia la figura: no se sabe lo que puede surgir.
-¿Cómo ve a las nuevas generaciones de artistas plásticos?
-Hay mucha ilusión en la juventud, nuevas perspectivas, reflexiones y caminos. Las nuevas generaciones están trabajando mucho la fotografía, el vídeo, el videoarte, la instalación… A mí me gusta estar al tanto de todo eso. Veo lógicos los nuevos caminos porque el arte debe ser el lenguaje propio del tiempo en el que se produce.
-¿Qué le parece el C4? ¿Mejorará la posición de Córdoba en el mapa artístico internacional?
-Yo creo que sí porque hay mucha ilusión puesta en ello, a pesar de la crisis. De momento, el edificio es una preciosidad, una obra de arte. Lo que hace falta es definir lo que se va a hacer dentro: es una incógnita. Será un centro para estudiar, reflexionar y trabajar en nuevos caminos del arte.
-¿Le convence la apuesta de las instituciones públicas por la cultura?
-A todos nos parece que debería ser mayor, pero se impone la cosa económica. Aportan lo que pueden, y los gestores también hacen lo que pueden, unos mejor que otros; yo creo, por ejemplo, que Juan Miguel Moreno Calderón -teniente de alcalde de Cultura- lo está haciendo muy bien, se ha empeñado en hacer cosas positivas y se está moviendo constantemente. Es un hombre muy interesante desde el punto de vista cultural para Córdoba.
-Y frente a las voces apocalípticas sobre la cultura, la certeza de que la inquietud humana no desaparecerá...
-La inquietud humana no morirá nunca, ahí está desde las cuevas de Altamira, desde los primeros balbuceos de la humanidad.
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