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28 de febrero: Sanar lo que la historia rompió

Humanidades en la Medicina

Sin la lectura histórica, la medicina corre el riesgo de ser una herramienta que silencia los síntomas de una sociedad enferma en lugar de sanar sus causas raíz

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Estatua de Averroes. / El Día

Cuando el 28 de febrero de 1980 los andaluces votaron en referéndum por su autonomía, la conmemoración quedó anclada al presente político. Pero la identidad de Andalucía como territorio de conocimiento médico es mucho más antigua. Fue un espacio geográfico donde la medicina occidental se forjó y compartió tres tradiciones intelectuales: árabe, judía y cristiana. Esa historia tiene consecuencias rastreables hasta la organización sanitaria actual.

Entre los siglos X y XII, Córdoba concentró la mayor densidad de conocimiento médico del Mediterráneo occidental. Ibn Rushd Averroes, nacido en Córdoba en 1126, sistematizó el corpus galénico en su Colliget, obra que, traducida al latín en el siglo XIII, estructuró la enseñanza de la medicina universitaria en Bolonia y Montpellier durante cuatro siglos, según han documentado con precisión filológica historiadores como McVaugh, Siraisi y García Ballester. A la misma tradición intelectual pertenece Maimónides, nacido en Córdoba en 1138, cuya obra editada críticamente por Gerrit Bos evidencia que la medicina andalusí sirvió como nexo cultural entre las comunidades antes aludidas. Andalucía fue fuente del pensamiento médico clásico que llegó a Europa enriquecido.

Esta prosperidad intelectual coexistía, no obstante, con límites estructurales severos. El Maristán de Granada, fundado entre 1365 y 1367, representa el sistema hospitalario más documentado de la época, financiado por el waqf (fundación piadosa islámica). El objetivo era la atención médica urbana, pero distaba de ser universal. La epidemia de peste bubónica de (1348-1351), con tasas de mortalidad del 30-60% en algunas regiones, demostró que la vulnerabilidad era en parte consecuencia de la propia densidad urbana que había permitido el florecimiento previo. La historia no permite idealizaciones: hubo logros, como el Maristán, pero también desigualdades profundas. 

Con la expulsión de los judíos en 1492 y la de los moriscos en 1609, no fueron solo tragedias humanas: fueron fracturas en redes de conocimiento. García Ballester documentó cómo estas comunidades sostenían prácticas farmacológicas y clínicas. Esta ruptura dejó zonas rurales sin los únicos agentes sanitarios que las atendían. Andalucía encarna, en el contexto europeo, uno de los ejemplos más documentados de cómo la intolerancia religiosa puede traducirse en colapso sanitario estructural, un patrón que la antropología médica contemporánea sigue identificando en contextos globales muy diversos.

Tras la conquista cristiana, Sevilla monopolizó el comercio transatlántico mediante la Casa de Contratación (1503), pero la riqueza que circulaba por el puerto no generó tejido productivo propio. La economía andaluza quedó obliterada mientras la industrialización avanzaba en Cataluña y el País Vasco con apoyo arancelario estatal. El resultado fue la profundización del latifundismo: grandes propietarios absentistas, jornaleros sin tierra, trabajo estacional y salarios de subsistencia. Pablo de Olavide documentaba en el siglo XVIII la relación directa entre concentración de la propiedad agraria y deterioro sanitario: tuberculosis, paludismo endémico en las marismas del Guadalquivir hasta bien entrado el siglo XX, y tasas de mortalidad infantil, según datos del INE, próximas a 200.000 nacidos vivos en 1900, entre las más altas de España.

Esta historia encontró expresión en la literatura. La trilogía rural de García Lorca retrató el confinamiento y la violencia simbólica propios de la Andalucía agraria, que la medicina social contemporánea reconoce como factores de estrés crónico y somatización. La zanja (1961) de Alfonso Grosso retrató la humillación del jornalero andaluz ante la enfermedad, el hambre y el sometimiento. Solas de Benito Zambrano documentó los efectos de segunda generación de la emigración masiva que, entre 1950 y 1975, expulsó a más de un millón de andaluces: desarraigo transmitido como violencia doméstica, aislamiento y precariedad. Desde el marco de los determinantes sociales en salud consolidado por la Comisión Marmot (2010), esa emigración supuso una transición epidemiológica con consecuencias intergeneracionales. Pero no toda emigración fue patógena; algunos lograron movilidad social.

El Servicio Andaluz de Salud (SAS) se crea mediante la Ley 8/1986, de 6 de mayo, punto de partida y de inflexión institucional. La esperanza de vida pasó de 72 años en 1980 a más de 82 en 2019 (INE). La esperanza de vida es un termómetro de la calidad de un sistema social y sanitario. Sin embargo, aún persisten grandes divergencias interautonómicas documentadas por indicadores del Ministerio de Sanidad.

Tenemos esperanzas; la Andalucía del siglo XXI se ha impulsado hacia la investigación, como lo demuestran los centros: Cabimer, IBiS, Imibic, Genyo e Ibima-Bionand, que trabajan como modelo de investigación traslacional, aplicada a la medicina de precisión, con diagnósticos y tratamientos personalizados basados en el perfil genético del paciente, con aplicación prioritaria en cáncer, enfermedades minoritarias y patologías antienvejecimiento. La Inteligencia Artificial se ha incorporado en la Estrategia de Salud Digital de Andalucía 2030 y, la gestión avanzada de datos como herramientas para reducir las desigualdades que los indicadores aún registran.

Sin la lectura histórica, la medicina corre el riesgo de ser una herramienta que silencia los síntomas de una sociedad enferma en lugar de sanar sus causas raíz. Es el primer paso para tratarla como un problema de justicia.

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