La tribuna

Antonio Manuel Rodríguez Ramos

Andaluces de Cataluña

05 de marzo 2014 - 01:00

NO es la primera vez que asisto a la celebración del Día Institucional de Andalucía en Cataluña. Todos los partidos políticos, nacionalistas o no, de derecha o izquierda, realizan la ofrenda floral al monumento a Blas Infante. Después cantan los himnos de Andalucía y Cataluña. Y terminan desfilando una enorme arbonaida por las calles. Estas evidencias desmontan cualquier prejuicio sobre la construcción de una identidad catalana excluyente. Como la de cualquier ser humano, las memorias catalana y andaluza también son rizomáticas. Mosaicos compuestos de teselas infinitas. Y eso nos convierte a la par en universales y distintos. Pueblos hermanos, en definitiva. Sin embargo, no regreso con la misma sensación de otras veces. Estoy preocupado por mis hermanos andaluces de Cataluña. Están desorientados. Perdidos. Desamparados. Sin una luz que seguir, ni espacio político que los proteja. Me refiero a los andaluces que hace más de 30 años acudieron a las manifestaciones del Estatuto catalán con la verde y blanca. De la misma manera que los catalanes apoyaron nuestro 4 de diciembre con la senyera. En ambos casos, ciudadanos y políticos estuvieron a la altura de la historia. Pero la dictadura del tiempo es implacable. Y la brecha entre ciudadanía y política se desangra como la herida de un hemofílico. Los descendientes de aquellos andaluces son ciudadanos catalanes. La demostración humana de la pertenencia pacífica a dos memorias colectivas. Ya no acuden a la ofrenda floral. Tampoco acompañan la bandera andaluza por las calles. No hay mucha diferencia en su actitud con la de nuestros jóvenes. Pero su vacío se une al de sus padres. Como si a un agujero le robarás el aire.

El proceso hacia la independencia de Cataluña es irreversible. Hablo del camino, no necesariamente de la meta. Artur Mas ha hecho suyo el proyecto nacional. Y ha supeditado los posibles intereses de su partido a los del pueblo catalán. En contra de la percepción sesgada que se transmite desde los medios centralistas, muy pocos catalanes cuestionan el respaldo social que ha conseguido al identificarse personalmente con la causa. Su actitud pública recuerda muchísimo a la de Rafael Escuredo en nuestro proceso autonomista. Y me temo que con similares consecuencias. El enroque político de Escuredo, dejando de ser un socialista andaluz para ejercer de andaluz socialista, le sirvió para erigirse en una especie de tótem, aglutinar a la mayoría del movimiento ciudadano y, de paso, fagocitar a la opción ideológica con la que compartía iniciales. Pero cuando el PSOE alcanzó el poder en Madrid, su discurso andalucista chocó de bruces con el de sus compañeros González y Guerra. Y dimitió. Salvándose para la historia.

Artur Mas cuenta además con dos aliados impensables hace poco tiempo. De un lado, la lealtad institucional e interesada de ERC. Y de otro, las entrañas de su propio partido. La izquierda republicana se limita a esperar que pase su cadáver político para sucederle. Y las bases políticas y económicas de CiU son tan independentistas como ERC. Las empresas más potentes de Cataluña se adscriben al PP y no a la antigua burguesía nacionalista que sobrevive del comercio internacional. En consecuencia, haya o no consulta soberanista, referéndum en todo el Estado, o elecciones constituyentes, la voluntad mayoritaria del pueblo catalán respaldará el proceso independentista. Y la víctima en cualquier caso será el PSC. Camino abierto para la alternancia futura en el nacionalismo catalán. Y en medio, desorientados, perdidos, los andaluces de Cataluña.

La mayoría de nuestros emigrantes y descendientes no se identifican con el mensaje españolista de Susana Díaz. Y los socialistas catalanes, menos aún. El PSC se desangra entre quienes se alían con el movimiento nacionalista ciudadano y quienes creen que debería recuperar el espacio integrador perdido. En ningún caso, levantando la bandera de la unidad de España. Han cometido un error estratégico. Los nacionalistas se han lanzado sobre el agujero abierto ofreciendo el abrazo de la identidad multicultural catalana. Y en el otro extremo, irrumpen Ciutadans y peligrosos discursos de ultraderecha.

Después de la ofrenda, regresé para despedirme de Blas Infante. Estaba solo. Volvía de exhortar a mis hermanos andaluces que se aglutinaran en torno a una voz propia. La suya. Les pedí que volvieran a estar a la altura de la historia. Me entendieron con el corazón. Aplaudieron con los ojos incendiados de esperanza. Y después, agacharon la cabeza. Son valientes. Lo demuestran cada día. Se sienten orgullosos de su identidad andaluza en Cataluña. De ser una de las piezas fundamentales en el funcionamiento del mecano catalán. Pero se sentían tan solos como una estatua rodeada de flores. Y aún así, otro año más, pasearon la bandera de Andalucía por las calles de Cataluña.

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