Opinión taurina

La naturalidad en el toreo

  • Hace falta un revulsivo. Mucho se habla de adaptar la fiesta a nuestros tiempos, pero tal vez perdiera gran parte de su esencia. Ha llegado Pablo Aguado, que ha puesto a todos de acuerdo

El diestro Pablo Aguado, en la Feria de Abril de Sevilla. El diestro Pablo Aguado, en la Feria de Abril de Sevilla.

El diestro Pablo Aguado, en la Feria de Abril de Sevilla. / Raúl Caro / Efe

En los felices años de juventud, donde todo es sueño y se anhela tocar la gloria con las manos, me llenaba una tauromaquia dinámica, variada y en constante movimiento. Poco importaban modos ni formas. El tema no era otro que divertirse. Durante la lidia nada se tenía que parar. Que el toro se movía, bien. Ya fuera bravo o manso. El argumento principal no era otro. Que no se parase. Un toro pronto y con movilidad hacía posible la creación de faenas que calaran en el tendido de forma rotunda.

Ni que decir tiene que los toreros que más feliz me hacían eran aquellos que mejor se adaptaban a mi manera de concebir el toreo. Eran años, finales de los setenta y principios de los ochenta, donde acudía a la plaza, o a la televisión cuando era posible, al reclamo de nombres como Paquirri, Luis Francisco Esplá o El Soro, este último ídolo en Córdoba por sus continuas apariciones en Los Califas, regentada en aquella época por sus apoderados los hermanos Cámara.

En cierta ocasión y con la revista Aplausos, que editaba Salvador Pascual, bajo el brazo, me encontré con un matador de toros de corte clásico y estilista. Él conocía el concepto que me llenaba, opuesto totalmente al suyo, y ante una fotografía de Esplá lanceando a la navarra me dijo: “Tapa con la mano el toro y dime qué ves”. Le hice caso, tapé al toro y lo que quedaba en la foto era algo incompleto, desangelado.

Ni que decir tiene que los toreros que más feliz me hacían eran aquellos que mejor se adaptaban a mi manera de concebir el toreo

Era una coreografía artificiosa e impostada. Pasamos alguna otra página y ante una foto de otro espada, Manzanares en concreto, me hizo repetir la operación. En esa instantánea se contemplaba algo distinto. Manzanares, aún sin la figura de su oponente, era empaque, buen trazo, quietud y, sobre todo, naturalidad.

El toreo ante todo debe de ser una cosa natural, me dijo aquel torero. El toro, continúo, debe de moverse, pero deber de ser el torero quien debe de pararlo y someterlo, nunca dejarlo a su aire para torear a su ritmo. El toreo bueno, el de quilates, es ese. Ese es el que pone a todos de acuerdo, prosiguió. Fue entonces cuando comencé a cambiar mi idea sobre la tauromaquia. Desde entonces me fueron entrando más toreros en la cabeza y aquel aire en continuo movimiento fue calmándose poco a poco, para ir asimilando que la tauromaquia total es mucho más diversa y completa.

Hoy, por unas causas u otras, el toreo está lleno de vulgaridad. Toreros similares en forma y fondo. Toros que parecen clonados y de muy idéntico comportamiento. Un sistema que todo lo maneja, tratando de exprimir hasta la última gota de tan fecunda fruta, sin importarle para nada el futuro. Un público muy condescendiente. Y sobre todo la pérdida de valores en una sociedad donde la fiesta de toros es políticamente incorrecta, tachándola de bárbara, cruel y sanguinaria, mostrando con ello un desconocimiento total sobre uno de los ritos vivos de la vieja cultura mediterránea.

Hoy, por unas causas u otras, el toreo está lleno de vulgaridad

Hace falta un revulsivo. Mucho se habla de adaptar la fiesta a nuestros tiempos, podría ser, pero tal vez perdiera gran parte de su esencia. Otros hablan de una involución buscando esa esencia en vías de desaparición. Tal vez, pero lo que puede poner a todo el mundo de acuerdo es a la vuelta a lo clásico, a lo de toda la vida, a lo ortodoxo y a académico, en una palabra a la naturalidad.

La prueba palpable la tuvimos en la pasada feria de Sevilla, donde un torero nuevo, con apenas una docena de corridas de toros toreadas desde su doctorado, puso al todo el mundo de acuerdo. Un toreo medido y clásico bastó para hacer temblar los cimientos del toreo.

Pablo Aguado ha puesto a todo el mundo de acuerdo. El toreo de siempre acabó de un plumazo con el llamado toreo moderno. Frente a Aguado sucumbió el toreo contorsionista, aquel de posiciones abiertas y antinaturales, aquel basado en el valor y en el drama. El nuevo torero sevillano paró los tiempos, al igual que los pararon las fuentes de donde dice beber.

El toreo eterno de Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida o Pepín Martín Vázquez siempre estuvo ahí, solo hacía falta mirarse en su espejo. Aguado lo ha hecho y ha revolucionado el toreo sin formas que pudieran calificarse revolucionarias. Lo ha hecho con clara naturalidad, auténtica alma del toreo que nunca sucumbe a modas o tiempos.

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