Toros

Del clamor al tedio soberano

  • La corrida mixta regia del Bicentenario se salda con el triunfo del rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza y dos orejas exageradas para Miguel Ángel Perera en una tarde de toros rajados de Santiago Domecq

Ganadería. Dos toros para rejones de Bohórquez, primero y cuarto, aplaudido el noble primero y noble pero rajado el segundo; y cuatro de Santiago Domecq, mansos y rajados a excepción del último, que tuvo movilidad pero sin raza ni clase. Pitados tercero y quinto. Rejoneador: Hermoso de Mendoza, de casaca nazareno bordada en oro y catite, rejón, (oreja) y rejón ahondando (dos orejas). MATADORES: Sebastián Castella, de Francia y Azabache, estocada atravesada y cuatro descabellos doblando el toro por su cuenta (palmas tras aviso) y pinchazo y estocada corta (palmas). Miguel Ángel Perera, de grana y azabache, tres pinchazos y estocada (palmas tras aviso) y estocada (dos orejas). Sobresaliente de espada, Manuel Rodríguez El Estudiante. Incidencias. Media entrada y calor. Saludaron tras parear Joselito Gutiérrez en el segundo y Javier Ambel en el sexto.

Si Joselito dijo aquello de que quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros, la excepción debe ser el Rey, que en las dos tardes que ha ocupado el Palco Real no ha tenido suerte. Al menos no ha visto una corrida redonda.

Y la de ayer no lo fue porque si bien en el capítulo ecuestre se despertaba el entusiasmo, en cuanto salían los toros para la lidia a pie, descastados y huidizos, se apesadumbraban los ánimos.

Tal vez vino el Rey a oír las famosas palmas a compás por bulerías, y se quedó con las de tango con las que el respetable fustigaba al ganado.

Además tampoco hubo la entrada esperada, cosa que se puede achacar a la crisis, pero también es cierto que además de que la corrida, pese a ser conmemorativa del Bicentenario de las Cortes y Sitio de Cádiz y de la Constitución de 1812, se promovió poco o nada en Cádiz, donde además estaban con el Trofeo Carranza. Eso sí, sonó la marcha Cádiz en el paseíllo y se dieron los avisos al estilo antiguo en tarde de muchas autoridades y altos cargos. Así que a media plaza y con medio toro, la parte de la mixta de toreo a pie discurrió en un creciente y soberano aburrimiento porque si hubo algo regio fue el sopor.

No así el toreo a caballo. En esa disciplina Bohórquez y Hermoso de Mendoza forman una combinación ganadora. El toro que abrió plaza fue un ejemplar noble, claro y manejable, aunque dio la impresión de que quería irse, y al que se le puede poner el pero de que le faltó ímpetu. De esa condición se percató el jinete Navarro, que solamente utilizó una lanza de castigo. Muy bien el torero con Chenel en banderillas y el cierre con Ícaro en las cortas.

Fue una oreja como de abrir plaza con la gente entrando el faena. Se superó el jinete navarro en el sexto. Un murubeño de Bohórquez parado de salida y rajadito en banderillas al que el rejoneador navarro le echó lo que los taurinos dicen una peoná, bregando, moviéndolo, cambiándole los terrenos y colocándolo en suerte con eficacia lidiadora. Como cuando corrió el toro a la grupa por media plaza para sacarlo de las tablas de sol, llevarlo a contraquerencia y colocarlo en suerte en los medios. Enceló mucho al toro que se fue empleando más, bien sujetado por el torero.

En esa labor fue intercalando muy bien las banderillas y por fin cerró con las cortas, cinco banderillas, dos de ellas a rienda suelta. El remate de los adornos agarrado a los pitones fue el colofón que aunque no tuvo certero remate con el rejón -el navarro ahondó el hierro- recuperó el entusiasmo del público que sacó con fuerza los pañuelos.

Si hace doscientos años nos dicen que íbamos a conmemorar aquellas gestas con un torero francés no se lo hubiera creído nadie. La pena fue que Sebastián Castella no tuvo más enemigo que la falta de casta, que dejó sus posibilidades a cero. Porque tanto Castella como Perera, por su concepto y corte torero, pueden sacar partido de un toro parado, arrimándose y con medios pases en cercanía. Pero los de ayer ni eso, se acobardaban y huían buscando la puerta.

Con dos toros así nada pudo hacer Castella, salvo agradar. Por lo menos con el primero pudo ilusionar, tanto en el quite por chicuelinas como en el inicio de faena, pero su segundo era la jaca de La Algaba de lo que corría.

Perera, tres cuartos de lo mismo en su primero. De nuevo un quite por tafalleras rematado a la aragonesa, quieto como un palo, y el inicio sobre la mano derecha fue lo poco que pudo hacer. El toro se rajó de inmediato.

Al sexto le cortó las dos orejas y fue un capricho que se dio el público. Llevaba toda la tarde esperando que pasara algo y cuando pasó, los pañuelos asomaron con ganas de premiar tanta paciencia. Con una oreja sobraba, pero el palco no resistió la presión y sacó el segundo pañuelo.

El toro se movió, brutito en la muleta con las manitas por delante, pero el torero estuvo firme y decidido, bajando la mano y aguantando en las tandas iniciales con los pies clavados en la arena. Consiguió hilvanar los naturales tirando mucho del toro y cuando iba a cerrar con un arrimón el público, que había pedido música, se enfadó con la banda que se había resistido a tocar. Al atacar el pasodoble, bronca para los filarmónicos y el matador mandó parar. Acto seguido el público, sobre todo desde sol, empezó a jalear el remate de la faena con fuertes olés y, tras la estocada, sacó los pañuelos con fuerza.

Al salir había un gentío fuera de la plaza, pero esta vez no esperaba a los toreros, sino al descendiente del Rey que no estaba hace doscientos años.

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