Toros

Padilla, por la Puerta Grande en su retirada en Zaragoza

Padilla, por la Puerta Grande en su retirada en Zaragoza Padilla, por la Puerta Grande en su retirada en Zaragoza

Padilla, por la Puerta Grande en su retirada en Zaragoza / Javier Cebollada / Efe

Los toreros Juan José Padilla, como estaba anunciado, y Alejandro Talavante, según se supo tras el festejo, se retiraron del toreo saliendo de muy distinta forma de la plaza de Zaragoza: a hombros el jerezano, que cortó dos orejas, y a pie el extremeño, que solo paseó una pero cuajó el mejor toreo de la tarde. Padilla contó con todo el cariño del público de una plaza donde hace justo siete años sufrió aquel dramático percance que, por su entereza al superarlo, le granjeó una tremenda popularidad.

De hecho, las mayores ovaciones se las llevó el veterano diestro de Jerez antes y después de enfrentarse a su lote: la que tuvo que saludar al terminar el paseíllo y las que se extendieron en la dilatada y sentimental vuelta al ruedo que dio tras matar al quinto y en la que finalmente le dieron antes de salir a hombros. Fue entonces, en estas dos últimas, cuando ondearon los cachirulos y las banderas piratas y las de España, cuando se repartieron los abrazos en el callejón, las lágrimas y los gritos de “Illa-Illa, Padilla Maravilla”, que llevaron al torero a besar agradecido la misma arena donde hace siete años estuvo a punto de perder la vida.

Menos eco y emoción tuvo, en cambio, lo sucedido con sus dos toros, un primero rajadito y bonancible que nunca le puso en el mínimo aprieto, y un cuarto de excelsa calidad en la embestida, con los que el de Jerez hizo lo que pudo, y no muy lucido, ni siquiera con las banderillas.

El suyo fue un voluntarista despliegue de oficio, animoso pero que levantó pocos clamores. Aunque, tras matar al cuarto a la primera, un público entregado y un presidente esta vez condescendiente quisieron premiarle con esas dos orejas que necesitaba para salir a hombros y terminar la fiesta de despedida a lo grande. Talavante, en cambio, solo se llevó una de las cuatro que, de no fallar con los aceros, se merecieron sus dos excelentes faenas, las más redondas y macizas no solo de la tarde sino también de toda la feria del Pilar. A su primero, que a su prontitud y a su repetidora bravura unió un exigente temperamento, le cuajó varias series de intensos muletazos e inspirados remates con ambas manos, con un valor sin rigidez, con una suelta naturalidad dentro de su absoluta entrega. Pero un pinchazo dejó el premio en la mitad.

Con el otro, noble pero falto de raza, desde los suaves lances de recibo hasta las manoletinas finales, enmarcando una larga sucesión de estatuarios, pedresinas, hondos derechazos, largos naturales, inspirados adornos y torerísimos remates, tuvo un compás reposado y melancólico. Pero el estoconazo final no fue suficiente para que doblara el de Cuvillo, y cuatro golpes de descabello fueron el único motivo que propició que Padilla pudiera disfrutar el absoluto protagonismo de su última salida a hombros en España.

Manzanares también se fue con el de Jerez, solo que como miembro de un séquito triunfal que también integraron otros toreros de paisano. Y eso que el lote que correspondió en suerte al alicantino fue el más completo de la excelente corrida de Cuvillo. Pero Manzanares, con un toreo limpio, pulcro, lineal y desapasionado, tanto con el excepcional y profundo segundo como con el noble y dócil quinto, solo llegó al nivel de rotundidad suficiente para cortar sendas orejas que, al no ser de un solo toro, también a él dejaron en tierra.

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