Oreja generosa para López Simón y exhibición de Ponce

Enrique Ponce, en un derechazo a su segundo toro, ayer, en la plaza de Zaragoza.
Enrique Ponce, en un derechazo a su segundo toro, ayer, en la plaza de Zaragoza.
Paco Aguado (Efe) Zaragoza

12 de octubre 2016 - 01:00

CUARTA DE LA FERIA DEL PILAR Ganadería: toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y de buenas y armónicas hechuras en su mayoría. Tres de ellos destacaron por su buen juego: segundo, tercero y especialmente el cuarto, Fabricante, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. El resto, de escasas raza y fuerzas. TOREROS: Enrique Ponce, silencio y vuelta al ruedo tras aviso. Cayetano, ovación y silencio. López Simón, oreja y silencio tras aviso. INCIDENCIAS: Plaza de Zaragoza. Casi lleno.

La aclamada faena, mal rematada con la espada, que Enrique Ponce le hizo a un toro premiado con la vuelta al ruedo, y la generosa y solitaria oreja concedida a López Simón fueron las notas destacadas de la corrida en Zaragoza, celebrada con la plaza llena de un público entusiasta y entregado de antemano.

La del 11 de octubre suele ser siempre una corrida triunfal, más que nada porque, se anuncie quien se anuncie en el cartel, los asistentes a los tendidos suelen mostrar con una amplia generosidad su afán de divertirse a toda costa antes del día grande de las fiestas. Y la corrida, en cuanto a ambiente, no fue una excepción, aunque el resultado estadístico del festejo no acabara de reflejarlo en orejas cortadas. Y eso que, además, hubo tres toros de buen juego de Juan Pedro Domecq que propiciaron el éxito de los toreros. El mejor fue el cuarto, un animal con volumen que, a pesar de que se dolió de salida de los cuartos traseros, acabó yendo a más en su nobleza y su profundidad gracias a la habilidosa técnica de Enrique Ponce, llegando incluso a ser premiado con la vuelta al ruedo póstuma.

En cambio, el veterano diestro valenciano se quedó sin trofeos contables porque falló únicamente a la hora de la verdad, cuando pinchó hasta en tres ocasiones a un astado con el que había logrado entusiasmar al agradecido público pilarista.

La faena de muleta de Ponce fue toda una exhibición de su ya dilatada tauromaquia y apoyada siempre en su elaborada puesta en escena, aspecto que domina tanto o más que el propio toreo.

Fue así, centrando siempre las miradas del público en todo cuanto hizo con tan bravo toro, como el torero de Chiva estructuró una faena, en principio, poco exigente con las embestidas, pero que ganó en composición y gusto, así como en variedad, confiado por completo en la nobleza de su enemigo. A lo largo del extenso trasteo de Ponce, que había quedado inédito con su inválido primero, hubo lugar tanto para el toreo clásico, aunque menos profundo de lo que permitía el toro, como para los golpes de efecto y el adorno vistoso, antes de que se dejara en la punta de la espada un triunfo sonoro.

Fue así como la que paseó López Simón del tercero fue la única oreja concedida en toda la tarde y, además, con una excesiva generosidad, porque, más animoso que templado, el madrileño no llegó a exprimir ni a abarcar por completo las entregadas embestidas de otro de los toros destacados de Domecq.

En cambio, al sexto, un hondo toro castaño, sí que lo embarcó y lo templó Simón con más criterio y autoridad, sólo que el animal comenzó a desentenderse y a violentarse mediada una faena que ya intentó levantar sin éxito.

También Cayetano levantó clamores en su vuelta a Zaragoza después de muchas temporadas, y las buscó ya desde que recibió a su primer toro con una gallarda larga a portagayola y unos lances tan decididos como embarullados.

Fue este un astado de bravo temperamento con el que el torero de dinastía puso toda la carne en el asador, aunque con desiguales resultados, pues tuvo tantos momentos lucidos como inoportunos desaciertos técnicos, más allá de que un público que valoró sobre todo su entrega le jaleara igual unos que otros.

Como a Ponce, los fallos con la espada le impidieron a Cayetano tocar pelo con el toro bueno de su lote, ya que el desrazado quinto se fue desfondado tras un simbólico tercio de varas hasta afligirse por completo.

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