Semana Santa

Las dudas del prefecto romano

  • Sentencia a Jesús.Las frías losas de San Nicolás se parecen a aquellas de la Gábata de Jerusalén. El viento mece las ramas de las altas palmeras de la plaza de San Felipe

Jesús de la Sentencia en los años 40 con el antiguo grupo escultórico de Martínez Cerrillo. Jesús de la Sentencia en los años 40 con el antiguo grupo escultórico de Martínez Cerrillo.

Jesús de la Sentencia en los años 40 con el antiguo grupo escultórico de Martínez Cerrillo. / archivo cajasur

El prefecto romano de Judea se remueve nervioso en su sillón. Aquellos personajes en la demencia integrista y defensores de los valores de su religión, le piden condene a muerte a un hombre. En su locura y odio le acusan de delitos merecedores de la pena capital. Aquel hombre, curtido en mil batallas, duda de la veracidad de los argumentos de los sacerdotes. No comprende cómo en plena Pascua, tan importante para ellos, han osado distraerle de sus quehaceres. Es precisamente durante esa fiesta, con la aglomeración de gentes en la ciudad, cuando Roma teme alguna revuelta de los zelotes contra el imperio. Pilatos no deja de ver aquel caso como una estupidez más de los viejos componentes del Sanedrín. Pero el acusado tiene algo extraño. Hace que más dudas asalten la mente del prefecto. Ese hombre no aparenta ser el reo que dicen. El nazareno desprende algo especial. Le rodea un halo misterioso que suma aún más dudas a Poncio Pilatos. El prefecto sigue mascullando acomodado en la jamuga de madera de cedro recubierta de finas láminas de oro. El caso comienza a desconcertarle. Un extraño sueño de su esposa, Claudia Prócula, termina por sacarlo de su ostracismo y desconcierto. La mujer ha soñado que aquel hombre es justo. Trata por todos los medios hacer que su esposo lo libere. Pilatos quiere acabar pronto. En su lengua natal el prefecto pronuncia: Non invenio in eo causam. Su voz ha roto el silencio. El romano no ve motivo alguno para que aquel sea ajusticiado. Los componentes del Sanedrín, en una última maniobra a la desesperada, azuzan al pueblo contra el gobernante. Ni la oferta de liberar a un cautivo por la Pascua salva al nazareno de la condena, el pueblo prefiere a Barrabás. La sangre del inocente se verterá en el monte Gólgota. Mientras Pilatos no para de lavarse las manos con agua fría de un aguamanil que no despeja sus dudas. Sabe que aquel hombre era inocente de los cargos que se le atribuían.

Los años han pasado. Pilatos sigue agitado en su jamuga ante la presencia de aquel hombre. La noche se cierne fría sobre la ciudad. La torre Antonia se ha tornado hexagonal. Las frías losas de San Nicolás se parecen a aquellas de la Gábata de Jerusalén. El viento mece las ramas de las altas palmeras de la plaza de San Felipe. Poco a poco el drama se repite. El prefecto continua con sus dudas. Sentado en una jamuga dorada da vueltas en su cabeza del motivo de aquel juicio político con pruebas de se tambalean por sí solas. Un soldado a sus órdenes alza un estandarte que simboliza el poder de Roma. Un viejo sacerdote trata de influir sobre el prefecto para que condene a aquel nazareno que da la espalda al gobernador romano.

Son los juristas de la ciudad quienes han reabierto el expediente judicial a un inocente

Año tras año el juicio recobra la vida. Son los juristas de la ciudad quienes han reabierto el expediente de aquel juicio sumarísimo a un inocente. Unos autos donde al acusado no tuvo defensa alguna, y el juez, presionado por fiscales parciales, dictó la más injusta sentencia de la historia. El magistrado continua con sus dudas. Dudas que le hicieron entrar en la historia y ser figura esencial en la historia pasionista. Prócula y sus sueños lo pudieron haber evitado, pero estaba escrito así, y así se cumplió.

La noche cada vez más cerrada cada Lunes Santo, sirve de marco a la escena. Los faeneros de Sáez le dan vida, chicotá a chicotá, soportando aquel Lithostrotos sobre la cerviz, mientras Córdoba, la vieja capital de la Bética y de la Hispania Ulterior se vuelve a sentir romana, cada vez que Pilatos se remueve, en una cada vez más vieja jamuga dorada, bajo el peso del Senado y el pueblo de Roma. Dudas y más dudas asaltan la cabeza del prefecto de Judea. Non invenio in eo causam.

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