Lunes Santo · Vía Crucis

Silencio respetuoso al Cristo de la Salud

  • La hermandad del Vía Crucis realiza su estación de penitencia con el paso serio y con los sones de los tambores roncos.

EL silencio se hace en la plaza de la Trinidad. Minutos atrás el tumulto de charlas, el sonido de los móviles y el corretear de los niños eran los absolutos protagonistas, pero cuando la parroquia de San Juan y Todos los Santos abre sus puertas, todo eso queda en un segundo plano. Parece que la Cruz de Guía de la hermandad del Vía Crucis hubiese robado el aliento a los cientos de fieles congregados frente a la escuela de artes Mateo Inurria y que el más mínimo ruido pudiera ser un acto de rebeldía.

Es la solemnidad hecha cofradía y un año más lo volvió a demostrar. Abren el cortejo cuatro tambores roncos y enlutados que marcan los pasos lentos de unos nazarenos que llevan grabada la estación de penitencia. El negro les da el sentido de luto por el Cristo que llevan a hombros, un Cristo muerto en la cruz al que rezan y dedican cada estación de este Vía Crucis, única talla de toda la Semana Santa de Córdoba que no lleva paso.

Pero da la sensación de que la plaza de la Trinidad le roba el protagonismo al Cristo de la Salud, parece que absorba demasiada luz y que el Vía Crucis espere que el sol caiga para mostrarse en toda la plenitud de esta talla del siglo XVI. Y así es. Cuando empieza a anochecer, esta hermandad afronta el barrio de la Judería como si de los últimos momentos de Jesús se tratara.

El ir y venir de los incensarios crea ese halo de humo que no sienta igual a todos los pasos. Dada la poca altura que alcanza el Cristo de la Salud, toda su figura queda cubierta por el humo blanco que sigue flotando en el ambiente aún cuando ya se ha perdido por otra calle. Toda la esencia y seriedad que rodea a este Cristo le otorga más solemnidad, si cabe, y hace que a su camino no falten las filas de devotos y curiosos que saben que si hay algo diferente en este Lunes Santo, eso es esta hermandad.

La primera estación, la de Jesús condenado a muerte, la realiza el párroco de la iglesia de la Trinidad en la misma puerta del templo. La plaza se convierte así, de forma improvisada, en filas y más filas de bancos invisibles en la que los asistentes rezan el Vía Crucis junto a la hermandad del mismo nombre para dar la salida al recorrido del Crucificado.

En alto y agarrados a la cintura, los cirios color amarillo tiniebla dejan un reguero de cera mientras sus portadores rezan el Rosario, que además llevan sujetándole la túnica a modo de cinturón. Comienzan a entrar los largos capirotes negros, como si quisieran llegar más alto que ningunos, hacia las calles de la Judería para encontrarse con los altarillos donde rezar las estaciones y hacer honor al nombre de esta cofradía fundada en 1972.

Así, por Blanco Belmonte y la calle Céspedes, el Cristo de la Salud accede hasta la Mezquita-Catedral para ser la última hermandad del Lunes Santo que reza ante el Santísimo. Tras su paso por carrera oficial, el Crucificado de la Trinidad vuelve hasta su casa manteniendo el silencio a su paso, conteniendo el aliento.

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