El santo sepulcro

Silencio de luto en la Compañía

  • La hermandad celebra una estación de penitencia como una clara metáfora del significado y la celebración del Viernes Santo.

VARIOS hermanos del Santo Sepulcro, vestidos con su escrupuloso chaqué, agotan los últimos minutos en un bar que hace esquina con la plaza de la Compañía. Elegantes de luto, con camisa blanca y corbata negra, hablan, calman nervios y apuran algún que otro cigarrillo antes de emprender su estación de penitencia. Poco a poco, la Compañía comienza a recibir al gentío, que llega desde la calle Duque de Hornachuelos sediento de procesiones. Es Viernes Santo y a la Semana Grande le quedan pocas procesiones ya.

La plaza de la Compañía celebra cada Viernes Santo un grandioso funeral en vísperas ya de la Resurrección. El portón de la iglesia de El Salvador y Santo Domingo de Silos se mantiene cerrado, y debajo de sus escaleras unos niños vestidos de domingo juegan con sus trompetas y cornetas de plástico. Divina infancia, que no se desespera por el tiempo y que sonríe con el primer nazareno que antecede al gran paso del Santo Sepulcro y que contrasta con el color de la primavera de Córdoba.

Un grupo de costaleros espera también a pocos metros del templo, algunos con el costal en la mano a la espera de que llegue por fin su turno. Silencio, nervios y expectación en la plaza. El Viernes Santo es el día más trágico de la Pasión. Un silencio que se pide solemnemente ante la salida de la hermandad y de sus primeros penitentes de luto. Más y más nazarenos, hasta que por fin se intuye a Luis Miguel Carrión Curro, que con la sabiduría de los años y su buen hacer comienza a guiar a los costaleros del Santo Sepulcro. Sin voces fuertes, sin una voz más alta que la necesaria para guiar los primeros pasos de esta impresionante talla dorada que contrasta con el duelo de la jornada. Silencio también para escuchar al trío de capilla y algún que otro aplauso perdido y acallado por el gentío, que se duele. El funeral del Viernes Santo y el duelo sigue ahora por Santa Victoria y baja templado hasta la Catedral. Suena la música de capilla y los nazarenos negros avanzan impasibles, como inevitable es el fin de la Semana Santa. El cortejo del Santo Entierro enfila hacia la Catedral para cumplir en su estación de penitencia como una metáfora de lo que es esta celebración.

Las miradas se centran de nuevo en la plaza de la Compañía, que cada vez parece más pequeña ante la ingente cantidad de fieles. Un respiro. Un fugaz descanso en el que da tiempo a mirar al cielo, a resoplar, a preguntar e, incluso, a rezar.

Una singular tregua que rompe Curro, el capataz, que sigilosamente vuelve sobre sus pasos y entra de nuevo en templo para guiar a Nuestra Señora del Desconsuelo en su Soledad en su camino hacia el mayor templo de la Diócesis y la plaza, de nuevo enmudece y deja que se escuche el buen canto de la Agrupación Coral Polifónica Cantabile. Y así hasta la Catedral, y así hasta la carrera oficial. Y así, hasta el regreso al templo a escasos minutos de la madrugada y el Sábado de Gloria. s

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