Montemayor le saca las entrañas a la Venus de Milo

Festival ArtSur

Artistas de toda España participan en el Festival ArtSur para transformar la piel del municipio de la Campiña Sur cordobesa con murales, esculturas e intervenciones, aunque el objetivo, dicen, es traspasar la epidermis

Algunas obras que forman parte del Festival ArtSur de Montemayor.
Algunas obras que forman parte del Festival ArtSur de Montemayor. / Robles

Montemayor le ha sacado las entrañas a la Venus de Milo este fin de semana. Hay una obra de un alumno de la Escuela de Arte Dionisio Ortiz que, literalmente, deja al descubierto las vísceras de la escultura encontrada en las Cícladas. Puede verse en la galería mirador del centro de participación activa del municipio de la Campiña Sur, junto a un minotauro, una salamanquesa del tamaño de un cocodrilo o un escarabajo pelotero que, por sus dimensiones, podría soportar el peso de un planeta. Como si no fuese suficiente acarrear con su propia Historia, Montemayor, la antigua Ulía, acoge el Festival ArtSur de arte contemporáneo con el mito como columna vertebral.

Muralistas, escultores, artistas en general llegados de toda España conviven este fin de semana en un municipio que, como dice uno de los intervinientes, Werens, es un “lienzo en blanco” para el arte contemporáneo. Todos tienen el objetivo de reinterpretar algún mito, actualizarlo, sacarlo a la calle entre terrazas, comercios y ocupaciones mundanas.

El propio Werens, artista de Sabadell cuyos graffitis pueden verse en todo el mundo, de Taiwán a Nueva York, Berlín, Londres y la mayoría de capitales europeas, ha dejado su huella en Montemayor en el pasaje Manuel Moreno Sánchez, en el centro. La obra es Animales y faraones y representa al dios egipcio Anubis rodeado de una nebulosa de logos entre los que es muy fácil distinguir las apps de Twitter o Instagram. “A las redes les rendimos la misma admiración que los egipcios a sus dioses”, reflexiona, sorprendido porque en Montemayor “hay paredes increíbles” que son como una invitación a seguir creando.

Werens, ante su mural.
Werens, ante su mural. / El Día

En la plaza de la Constitución, delante del Ayuntamiento, Belén Orta ha plantado un pulpo gigante que atemoriza a los niños. El título de la obra es Emergiendo de las profundidades y recuerda a las aventuras del capitán Nemo en 20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne. Y en una pared del mercado quedará para la posterioridad el mural Inflexión temporal, de Kraser, con reconocibles figuras de corte clásico. Una señora que acarrea varias bolsas pregunta: “¿Y esto hasta cuándo se queda?”. Veinte, treinta años si la pintura es buena, calculan los artistas.

Pulpo gigante en la plaza de la Constitución.
Pulpo gigante en la plaza de la Constitución. / El Día

La calle Fray Agustín se ha convertido en un laberinto donde Ricardo Hernández, artista de la forja, construye con un soplete una monumental cabeza de minotauro a la vista de los vecinos. “Tienes una idea y al final siempre la cambias un poco. Y más en este caso, ya que te influye el sitio donde se quedará”, dice el artista. Como telón de fondo, el Dúo Amazonas da forma a La Llorona, un mural que ha teñido de verde una vivienda completa.

El programa de ArtSur incluye medio centenar de propuestas que están llamadas a transformar la piel de este municipio de 3.800 habitantes, desde el cerro de la Alcoba a la casa de la cultura, el mercado de abastos o el centro de participación ciudadana, a los pies del Castillo de los Duques de Frías, adonde no paran de llegar jubilados. Aunque, como reflexionan los artistas, la clave está en atravesar la epidermis y los tejidos, como la Venus de Milo que, transgrediendo su propio mito, exhibe el costillar abierto con los intestinos y las vísceras a la vista.

'Ítaca', intervención de Ángel García Roldán.
'Ítaca', intervención de Ángel García Roldán. / El Día

El artista Ángel García Roldán es uno de lo que se ha propuesto llegar más profundo. Literalmente, invita a entrar en su obra Ítaca, que ha intervenido al completo una casa deshabitada en la esquina de Rodríguez de la Fuente con Maestra Leonor Varona. La última propietaria, Ana Galán, falleció hace unos años, y en la estancia que era su comedor descansa ahora un ejemplar del Ulises de James Joyce sobre el suelo, con todo lo que ello significa: buscar el centro, reencontrarse, redescubrirse, alcanzar un final rumiando por el camino. Las habitaciones permanecen a oscuras, solo iluminadas por barras de luz negra y pequeños puntos en el suelo que hacen las veces de un gran eje de coordenadas y abscisas para orientarse en la experiencia. “La idea es recuperar el tiempo y la memoria de una casa deshabitada”, dice el autor. Porque a García Roldán, explica, le preocupa “cómo nos posicionamos en el tiempo”.

La visita se hace descalzo, y pronto empiezan a llegar los vecinos que se dejan los zapatos en el zaguán, lo que probablemente a Ana Galán, cuyo interés por el arte contemporáneo se desconoce, no le hubiera gustado. Un grupo sube hasta lo que era la cocina: "Aquí había una mesa grande, y allí estaban los fuegos. Ay, la lámpara", apunta una vecina al descubrir que el artista ha integrado algunos de los enseres de la antigua moradora en su propuesta. Abajo, en la bodega, Ana secaba chorizos y morcillas -todavía se conservan los ganchos- y en el rincón amontonaba el picón para la estufa del invierno. Bajo el techo abovedado también hay una antigua tinaja, y surge el debate de si la utilizaba para la cal o para el aceite. Es una de las diatribas que habría mantenido Leopold Bloom en uno de sus monólogos mundanos por el Dublín de principios del siglo XX, aunque esto es Montemayor y corre junio de 2021.

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