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La memoria viva del granito

  • El Ayuntamiento recupera decenas de tradicionales fachadas de tiras de granito, esencia de la arquitectura popular noriega, a veces embellecidas con motivos de un ingenuo modernismo rural

Añora es granito y es cal. Este pequeño municipio del Norte de Córdoba, a apenas cinco kilómetros de Pozoblanco, se afana desde hace una década en recuperar la arquitectura tradicional de la comarca de Los Pedroches, donde el granito y la cal son los protagonistas y las fachadas de tiras de este material pétreo configuran un paisaje único. Una campaña iniciada por el Ayuntamiento en el año 2001 para subvencionar el cambio de fachadas de azulejería y otros materiales exógenos a granito y pintura blanca fraguó en la mentalidad de los vecinos noriegos, desde entonces concienciados en que la conservación de sus fachadas tradicionales es una forma de perpetuar su identidad.

Desde entonces, el Ayuntamiento ha costeado alrededor de 230 actuaciones, calcula el alcalde de este municipio vallesano, Bartolomé Madrid (PP), en la mayoría de las ocasiones para eliminar de las casas los azulejos y las baldosas de las fachadas, que se pusieron de moda en la década de los 60, en pleno desarrollismo, para diferenciarse de las formas anteriores, que se consideraban rurales. "Se rompió totalmente con la arquitectura tradicional", reflexiona Madrid, que desde el Consistorio ha puesto en marcha cuatro remesas de subvenciones para devolver la identidad a las calles noriegas, en las que, desde el año 1997, por imperativo del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU), no se permiten más elementos ornamentales que el granito y el color blanco.

Y lo cierto es que, como dice el alcalde, su empeño ha calado en el municipio: "Las nuevas casas que se han levantado han incorporado fachadas de tiras y son muchos los vecinos que preguntan si se pondrá en marcha una nueva convocatoria para eliminar elementos raros de las fachadas", dice. La intención del Ayuntamiento de Añora es liberar nuevos fondos el próximo año. Hasta ahora, las intervenciones se han sufragado con dinero procedente de las arcas municipales o de programas europeos gestionados por el Grupo de Desarrollo Rural (GDR) o la Diputación.

Desde 2001, el Ayuntamiento ha recuperado más de 80 fachadas de tiras diseminadas por todo el término municipal. En ocasiones, el granito se ocultaba bajo revestimientos de materiales modernos y ha salido a la luz; en otras ocasiones, los trabajos han consistido en eliminar baldosas y azulejos y sustituirlos por un revestimiento de granito cortado a mano. Porque en Añora tampoco se permite cualquier tipo de corte: debe ser imperfecto, irregular, lo que allí se conoce como abujardado. "Varias veces hemos tenido que paralizar obras porque el revestimiento utilizado no era el adecuado", dice el alcalde.

Pese a que, como elemento constructivo, el granito se utiliza en Los Pedroches desde tiempos inmemoriales, la peculiaridad de revestir las fachadas con tiras data de las dos primeras décadas del siglo XX, como dice el cronista oficial de Añora, Antonio Merino. Una vivienda de la plaza de San Pedro -uno de los rincones más pintorescos del municipio- conserva en la fachada tallado el año 1912. Y otras casas datan de los años 20, según las propias familias dejaron constancia en el empedrado del pasillo que vertebra las peculiares casas noriegas. "Las fachadas de tiras son una singularidad, una rareza cuyo origen no está claro. Alguien debió recubrir su casa y a la gente le gustó. Se convirtió en una moda", dice Merino. El caserío de Añora conserva dinteles ciclópeos de granito del siglo XVI, y en ocasiones las jambas de las ventanas también son de este material. "Pero no de manera tan ostentosa como empezó a emplearse a principios del siglo XX", asegura el cronista.

Las calles que mejor lo reflejan son San Pedro o Virgen, una sucesión de fachadas rayadas que exhiben toda la singularidad de un modo constructivo también muy peculiar en su interior. La casa típica, por lo general, consta de tres cuerpos de construcción abovedada divididos en tres naves. La central constituye un pasillo muy ancho, hasta el punto de que ocupa un tercio de la fachada. Antiguamente el suelo aparecía empedado o simplemente en tierra, y en las naves laterales se distribuyen los dormitorios, la mayoría de ellos sin ventana al exterior. En el segundo cuerpo solía estar la cocina, con una gran chimenea de campana que antiguamente representaba el centro del hogar. El último cuerpo daba al corral, donde solía haber pajares, zahúrdas o cuadras; en ocasiones seguía un huerto. "La mayoría de las familias tenía animales y carros, que debían atravesar toda la vivienda hasta llegar al corral. De ahí lo ancho del pasillo", explica el cronista. Pocas viviendas conservan ya el empedrado original, a base de cuarzo, oxidiana e incluso escorias de la mina. Se construía así para que las bestias no resbalaran; en verano, además, se rociaba agua para refrescar el ambiente.

La mayoría de familias, con el paso de las décadas y el cambio de usos, sustituyó el empedrado por otro tipo de suelos más fáciles de limpiar, aunque en la calle Virgen todavía hay viviendas que conservan esta singularidad, como la del número 51. En el empedrado aún pueden leerse las iniciales M. H., la rúbrica de Manuel Herruzo, que construyó la vivienda a principios de siglo. "Tenía cabras y los animales atravesaban la casa para llegar al corral", recuerda María Herruzo, una septuagenaria que nació en una de las habitaciones de la vivienda. "Mi abuelo no tenía muchos posibles, por eso el granito de la fachada no es de tan buena calidad como en otras viviendas", dice la mujer mientras señala las irregularidades.

En el empedrado del distribuidor central, junto a las iniciales, una serie de círculos y toscos motivos florales ascienden hasta un salón de moderna factura construido recientemente al fondo, donde antes debía estar el espacio para las bestias. Hay zapatillas y chancletas por el corredor, señal de que no estamos ante un museo de usos y costumbres -aunque podría serlo-, sino ante una estampa hogareña de vida noriega. La vecina de la casa de abajo, Cecilia Madrid, octogenaria, también conserva el empedrado rudimentario de principios de siglo. La casa que habita perteneció a sus padres: "Está fea así, me hubiera gustado cambiar el suelo", lamenta.

Los toscos motivos florales del pasillo se repiten en las rejas de las ventanas de la hilera de viviendas de la acera de enfrente, un tipo de decoración que el cronista oficial de la localidad interpreta como una adaptación al entorno rural del modernismo entonces en boga en las grandes ciudades, de Gaudí a Víctor Horta o el galés Mackintosh. "Las rejas pierden las formas rectilíneas tradicionales para inspirarse en modelos vegetales, curvas…", describe. Es una suerte de "modernismo rural", concluye. Lo llamativo es que las familias que las encargaron no eran burguesas ni adineradas, sino "trabajadores, gente con cierto acomodo, pero del pueblo". Las creaciones más singulares de este tipo pueden verse junto a la coqueta ermita de la Virgen de la Peña, un bello rincón de granito y cal que resume la esencia del municipio, con alma andaluza e inspiración castellana.

Y de pronto llegó el desarrollo, cargado de azulejos y baldosas fabricadas fuera de la localidad. "Sustituir el granito por los nuevos materiales era una forma de ostentación y una manera de romper con el pasado", cuenta el cronista noriego. Los zócalos se llenaron de colores estridentes y las fachadas, de azulejos. "No podemos juzgar 50 años después lo que se hizo, sino que debe servir para que sepamos conservar nuestra esencia", reflexiona Merino. Aun así, el casco urbano del municipio conserva con gran pureza la arquitectura de la comarca, desde las casas más populares hasta grandes construcciones solariegas que tienen en la casa de los Velarde, en el número 36 de la calle Concepción, su mejor exponente.

El Consistorio adquirió el caserón por 600.000 euros y, tras una compleja rehabilitación que ganó un premio concedido por la Caja Rural en 2013, abrirá como museo arqueológico etnológico en Navidad. En sus orígenes, esta casa señorial ocupaba prácticamente toda la manzana, pero ahora se encuentra muy fragmentada. Su fachada data del siglo XVIII y sobre el dintel presenta un frontón que pudo haber contenido un escudo de la familia. Sorprenden la chimenea de proporciones monumentales y la planta alta con tejado a dos aguas, que en tiempos debió utilizarse para la conservación de la cosecha y los alimentos y que conserva las estructuras de las llamadas trojas, donde se distribuía el grano según su calidad y naturaleza. Al fondo de la parcela, siguen la zahúrda, un horno y una colección de elementos de labranza que formarán parte de los futuros fondos del museo.

De vuelta a la calle, en unos pasos se llega a la taberna del Tarugo. Podría ser otro museo o un monumento vintage, pero el empedrado y el techo abovedado amparan retazos de vidas reales. Carmen Villalba, la propietaria, vigila desde su vivienda, al otro lado del patio del negocio, por si llega algún cliente. De las paredes del establecimiento cuelga cacharrería de bronce y un cartel de la corrida en la que murió Paquirri en la vecina Pozoblanco. Una radio con unas cuantas décadas de vida debe poner la banda sonora a los parroquianos cuando el marido de Carmen, José Herrero, se mete tras la barra. "Mis abuelos ya tenían la taberna", recuerda la mujer, angustiada por la llegada de forasteros. Fuera, en la calle, el sol del mediodía ya empieza a calentar el granito y la cal.

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