cabra

Emocionante bajada desde el Picacho

  • Miles de personas acompañan a la Virgen de la Sierra en su bajada, inicio de un extenuante septiembre repleto de cultos

  • El camino rebosó emotividad a su paso por el Infanta Margarita

La Virgen de la Sierra, rodeada por cientos de fieles en el camino de bajada. La Virgen de la Sierra, rodeada por cientos de fieles en el camino de bajada.

La Virgen de la Sierra, rodeada por cientos de fieles en el camino de bajada. / reportaje gráfico: a. j. roldán

Las tradiciones de los pueblos van impresas en el tuétano de sus habitantes. Y si a ello sumamos el plano devocional, no debería resultar extraño que las fiestas más arraigadas de la provincia continúen moviendo a las masas ávidas de reencontrarse con su esencia, identidad y autenticidad. Es el caso de Cabra, que ayer martes volvió a escribir una nueva página en su particular historia de amor con la Virgen de la Sierra, patrona y alcaldesa perpetua, que regresó tras un año en su santuario de la serranía egabrense -como manda la costumbre- hasta la localidad dando así inicio a la feria y fiestas que se organizan en su honor.

Jornada de reencuentros, recuerdos y nostalgia, para muchos, que contrasta con la alegría de la juventud que observa en esta celebración la exuberancia de una jornadas festivas previas al arranque del nuevo curso. Desde bien temprano, las calles del centro fueron escenario de la tensa calma que se respira en las horas previas al gran momento: el cuatro, a las cuatro. Es ahí cuando todo se desborda, justo con la salida de las andas plateadas de la imagen por el cancel de piedra de su ermita. Tras una maniobra imposible comandada por su cuadrillero, Vicente Arroyo, los costaleros elevaron a la patrona al cielo entre repicar de campanas y aplausos y vítores emocionados de los centenares de romeros que, apiñados, aguardan cada año -como si de una liturgia se tratase- este momento tan señalado para cualquier egabrense.

La patrona vestía su antiguo manto de tisú de oro, plata y seda, una donación de 1768

La Virgen lucía su antiguo manto de tisú de oro, plata y sedas de colores donado en 1768 por los condes de Peñalba, que entre otras muchas ocasiones vistió hace 40 años en la primera bajada tras su restauración a manos del imaginero cordobés Miguel Arjona. Una efeméride que ha venido marcando la actividad de la Real Archicofradía durante todo este año y que también lo hará con la extenuante agenda de actos y cultos en honor de la patrona durante su estancia en el municipio, hasta que retorne al santuario el próximo domingo siete de octubre.

Flanqueada por cuatro imponentes piñas de nardos, cuya oscilación provocada por el paso acelerado de los costaleros otorga una gran plasticidad, la comitiva partió del Picacho dejando la carretera para introducirse en el camino que conduce a Cabra. Tierra, polvo y piedras que los peregrinos asumieron con resignación y buen ánimo pese al calor que imperó durante toda la tarde, con máximas que superaron holgadamente los 30 grados pero que, en contraste con años anteriores, parecieron benévolas.

Fueron quedando atrás enclaves marcados en el discurrir de la patrona, año tras año, como el cortijo de La Viñuela, el paraje de los Colchones, o la Casilla de La Salve. Uno de los puntos, sin duda, más emotivos del recorrido puesto que allí se interpreta esta oración colectiva, en forma de canto. Lágrimas en los rostros de las decenas de mujeres que en este lugar portan, en exclusiva, las andas y que pugnan por acceder a los varales para, al menos por unos minutos, sentir la carga de la venerada imagen.

Tras ello, el multitudinario cortejo volvió a fluir camino abajo para alcanzar el antiguo paso a nivel, hoy reconvertido en vía verde, pasados unos minutos de las siete de la tarde. Allí, como siempre, el templete plateado de la Virgen se volvió hacia el hospital comarcal Infanta Margarita desde donde, asomados por las ventanas de una de sus alas, los enfermos ingresados en el centro batían sábanas y saludaban a la patrona rogando una pronta recuperación.

Justo cuando los romeros se mezclan con el público en los depósitos de agua, el paso se ralentizó como queriendo disfrutar de los últimos momentos de esta bajada. El ronco sonido del tambor y los cuatro colores de la bandera sobrevolando las cabezas de los devotos pusieron el matiz de la excelencia a momentos de verdadera pasión en torno a la Virgen de la Sierra, que se refugió, como de costumbre, en la parroquia de San Francisco y San Rodrigo, desde donde sólo unas horas después partiría para hacer su entrada triunfal por los arcos de la antigua calle Baena, siendo recibida por las autoridades y el clero.

Entre fuegos artificiales la venerada imagen subió la calle Mayor para dar por concluida esta intensa y esperada jornada, entrando por la puerta del templo mayor de la Asunción y Ángeles donde tendrá morada y cobijo durante todo este mes, recibiendo la visita diaria de egabrenses y fieles llegados desde muchos puntos de la geografía nacional.

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