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Córdoba despide en silencio a Julio Anguita, su alcalde rojo

Córdoba despide en silencio a Julio Anguita, su alcalde rojo

Córdoba despide a Julio Anguita desde la distancia, como se hacen las cosas en estos días difíciles del mayo del coronavirus. Julio Anguita, que siempre será alcalde de Córdoba, hoy y mañana, cuando lleguen otras elecciones municipales y otros concejales, deja a una ciudad huérfana. No ya en cada barrio, en cada familia existe una experiencia que la une a Anguita, como si durante décadas hubiera sido una especie de espina dorsal de una ciudad compleja y ensimismada, un poco como el propio Anguita, al que uno podía encontrarse paseando cabizbajo por la Judería o cruzando La Corredera.

Anguita era Anguita y no era Julio. Un poco distante. Un tanto huraño. Podía molestarse si lo sacabas de sus pensamientos. Como tertuliano te apuntaba con el dedo. Llevaba la razón. Decía la verdad. Su verdad, al menos, sostenida durante décadas. En eso era inamovible. Republicano. Comunista. ROJO.

Y Córdoba presumía de tener un alcalde rojo. Su Califa rojo, una especie de anacronismo que la hacía única. Anguita llevó el agua potable a algunas barriadas a finales de los 70. Modernizó la Policía Local. Ayudó a curar la miseria que se amontonaba junto a las vías del tren. Eso debió ser la Córdoba de Anguita, la que reivindicaban sus supuestos sucesores y que él mismo repudiaba -fue un logro colectivo, solía decir- hasta que su corazón dejó de latir.

El féretro de Anguita llegó en silencio en la tarde de este sábado al nuevo Ayuntamiento, un edificio que, precisamente él, inauguró durante su mandato antes de dar el salto a la política nacional. Una bandera roja con la hoz y el martillo sobre un ataúd de madera acariciado por su hija Ana. Y un silencio que, en circunstancias normales, no habría existido. La actual corporación municipal, con el primer edil a la cabeza, el popular José María Bellido, y los exalcaldes lo aplaudieron desde encima de la escalinata. Estaban Herminio Trigo, Manuel Pérez, Rafael Merino, Rosa Aguilar, José Antonio Nieto e Isabel Ambrosio.

Todos ellos, en algún momento, han tenido que luchar contra la herencia de Anguita y contra su figura. Contra su firmeza. “Esto no lo habría hecho Anguita”. “Esto no lo aprobaría Anguita”. Julio Anguita era el oráculo al que la izquierda local acudía, siempre buscando su aprobación, aunque en los últimos tiempos él mismo había rechazado ese patronazgo. No era su izquierda. Y la derecha tenía en él, siempre, a un adversario.

El Ayuntamiento ha decretado tres días de luto oficial y ha habilitado un libro de condolencias virtual que en unas horas acumula un millar de mensajes. El faro de la izquierda se ha apagado, pero han empezado a escribirse las primeras páginas del mito.

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