Tribuna

Luis G. chacón

No hay viento de popa, hay marinos

No hay viento de popa, hay marinos

No hay viento de popa, hay marinos / rOSELL

Confundimos la mera inercia con algo más profundo como son las tendencias, sean económicas o sociales. Y así nos va. La inercia es el resultado de un empuje olvidado que finalizará y la tendencia exige que la fuerza impulsora se mantenga en el tiempo. El viento de popa no es más que casual; tanto en la economía como en la propia sociedad, y cuando aparece se comporta de modo tan caprichoso como en el mar, donde siempre puede rolar y cambiar de rumbo. Ya dijo Séneca que “no hay buen viento para quien no sabe adónde va”. Y si coinciden la dirección de viento y nave, si no se izan las velas, de poco servirá. Decían los viejos marinos que el mejor capitán es el que sabe orzar y navegar contra el viento. Porque arribar no es más que dejarse ir sin tener clara la derrota. Y en las empresas ocurre igual.

Un buen gestor capea temporales. Si sólo se reacciona a lo que hacen los demás, copiándolos, siempre llegaremos tarde. Sobre todo si no tenemos claro cómo y dónde queremos ir. Si confiarse en la inercia es suicida, hacerlo en las tendencias es ineficiente. Las positivas nos llevan a la euforia y las negativas a la melancolía, pues los mercados adolecen de elevada irracionalidad. La tendencia es la propensión o inclinación hacia determinados fines o la mera fuerza por la cual un cuerpo se inclina hacia otro o hacia alguna cosa. Sea cual sea el concepto que usemos, deberíamos saber que una tendencia no garantiza nada. El mayor error de muchas empresas y, sobre todo, de sus gestores, es creer que las tendencias no van a cambiar nunca y que se va a mantener, en el caso de existir, una inercia de crecimiento per se. Y que, además, va a favorecerles a ellos, pero no a la competencia. Las cosas van bien, o mal, hasta que un día cambian de rumbo. Imaginen un novillo bravo recién nacido. Su vida en la dehesa junto a su madre es un puro placer. Ni vive estabulado, ni lo van a sacrificar en pleno destete. Pasa un año y pasa otro. Y las estaciones se suceden entre siestas a la sombra de alguna encina, paseos y carreras. Lo malo es que un día lo subirán a un camión, lo llevarán a una plaza y al toque de clarín saldrá deslumbrado al ruedo, acabando, en la inmensa mayoría de los casos, arrastrado por las mulillas, salvo que demuestre tal bravura que el presidente, empujado por el delirio del respetable acabe sacando el pañuelo amarillo que, a diferencia del teatro, no solo no es gafe, sino que le llevará a figurar en las páginas gloriosas del Cossío.

La gestión de una compañía, más aún ahora, que todavía vivimos y sufrimos la resaca de una situación tan excepcional como la pandemia, no puede limitarse a confiar en la tendencia. No debe hacerse jamás. La tendencia puede empujarnos hacia un destino –bueno o malo– pero no llegaremos muy lejos si sólo nos dejamos llevar. Quien tenga claro qué es lo que quiere, se adelantará y llegará mucho antes mientras otros se quedaran varados tras encallar. Igual que hay sectores que se recuperaron rápidamente pasado lo peor de la pandemia por mera necesidad de mercado, hay otros para los que la situación sigue sin ser halagüeña. Pero, ¿significa eso que estamos abocados a la quiebra o que todo serán éxitos? En ningún caso. Es la gestión la que nos permitirá aprovechar el buen viento –esa tendencia que identificamos como beneficiosa– o nos obligará a orzar y navegar de bolina para poder avanzar, aunque sea a menor velocidad. E incluso, como los viejos marinos, igual hay que fachear – que no es lo que pensarían muchos, sino izar las velas para que obren en sentidos contrarios y la embarcación pare su curso– y esperar mejores vientos. Por tanto, no basta con dejarse llevar, hay que gobernar la nave y decidir. Definir el rumbo y la derrota, para poder alcanzar puerto seguro. Ni el viento ni las corrientes nos harán arribar al puerto deseado. En definitiva, las tendencias del mercado no son inercias que nos empujen sin hacer nada. Son señales a tener en cuenta para tomar decisiones. Pero si no decidimos, estaremos abocados al fracaso y al naufragio. Ya dijo Chuchill que el “el éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”.

No es posible dirigir una empresa –o un país– esperando golpes de suerte. El azar suele ser esquivo si no se le busca. No acostumbra a visitarnos.“Audentes fortuna iuvat” –la fortuna ayuda a los audaces– escribió Virgilio en la Eneida. Hay, pues, que estimular la osadía.

Pero existe también un azar inesperado que nunca debe obviarse. El de aquellas circunstancias que surgen sin siquiera esperarlas y mucho menos provocarlas. Por eso, el factor más complejo de la gestión es saber actuar frente el azar. Esos acontecimientos imprevistos fuera de control, tanto de las direcciones de las empresas como de los gobiernos que, sin embargo, debemos asumir que existen y que aunque sean tan increíbles como el caso de Tsutomu Yamaguchi, el ibakusha que sobrevivió a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, debemos considerar, al menos, para estar preparados ante lo imprevisto. Tanto si la consecuencia es negativa como si nos beneficia.

En definitiva, debemos disponer de recursos, humanos y financieros suficientes para afrontar cualquier contingencia. Y no confiar en las apariencias que solo suelen ser espejismos.

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