La tribuna

Krasny Bor

Krasny Bor
Rosell
Francisco Núñez Roldán
- Escritor

En ruso quiere decir bosque rojo. Hoy tiene un puñado de casas de mediana factura y un ralo bosquecillo de pinos y abedules donde la hierba primaveral barniza apenas la tierra aún revuelta que se revolvió mucho más entre el 10 y el 13 de febrero de 1943, ahora hace 83 años. En aquel sector eran varias divisiones de infantería, apoyadas con aviación y carros, contra una escasa brigada, con pocos antitanques y sin apoyo aéreo. Los Shturmovik y los Tupolev eran dueños de un cielo donde la Luftwaffe simplemente inexistió en aquellas jornadas. Y el suelo vibraba bajo los tremendos carros T-34, que allí, entonces, no hallaron rival. Y sin embargo los de la escasa brigada resistieron; y más, hicieron retroceder a los atacantes. La División Española de Voluntarios, conocida aquí como División Azul, escribía una página indiscutiblemente heroica, en la rigurosa tradición militar hispánica, esta vez muy lejos de su tierra, en aquella infructuosa singladura contra el comunismo que costaría cinco millares de vidas y muchos más heridos, aparte de un pequeño pero terrible rastro de prisioneros.

La geografía del lugar aún impresiona a quien sabe lo que allí ocurrió. Tanto o más que el plácido y cercano lago Ilmen, donde por aquellos días una patrulla divisionaria bajo el mando del capitán Ordás casi se volatilizó atravesando sus nocturnas aguas heladas para socorrer, como socorrió, en Vsvad, a la guarnición alemana de la otra orilla. Hoy, en Krasny Bor se encuentra incluso alguna bala entre la tierra. El curioso viajero halló una, de punta redondeada y no muy grande, posiblemente de fusil ametrallador, el conocido y eficaz PPSH soviético. Mínima muestra de aquel infierno pretérito. Y hay unos carteles en ruso, en alemán y en inglés, cerca de la mala carretera del lugar, donde se dibuja el esquema de los combates y se indican las fuerzas contendientes en el choque, que fue parte de la ambiciosa Operación Estrella Polar con la que el general Sviridov pretendía aflojar el cerco de Leningrado, una verdadera ciudad mártir, con privaciones sin cuento para la población. No se levantó el asedio por el momento, pese a los grandes combates de aquellos días.

El viajero va después a la preciosa y antigua ciudad de Novgorod, en la que hay un pequeño pero interesante museo militar sobre aquellos días y en cuya catedral los devotos encienden velas ante el icono de zar Nicolás II y su familia, santificados al completo por la iglesia ortodoxa rusa tras la caída del comunismo. Luego, cerca de la ciudad está el cementerio militar de Pankovka donde, bajo la hierba bien cortada, alemanes y españoles comparten para siempre un poco del suelo que no llegaron a conquistar en la guerra. En la zona española, las lápidas grises en semicírculo tienen los nombres de los enterrados allí. En el centro, un monolito coronado con una cruz indica en español, en alemán y en ruso quiénes descansan en el lugar.

Y posiblemente sean los rusos, con sus veinte millones de muertos civiles y militares en aquella guerra, quienes más podrían echar mano de memorias históricas, democráticas, aristocráticas o lo que fuera para borrar el recuerdo del espantoso conflicto, pensando así que al eliminar monumentos y referencias aquellos días no existieron. Pero en eso no han sido ellos tan inmensamente estúpidos o malvados. Son como son, pero saben que el pasado sigue vivo por más que pretenda descabalarse en un sesgo oportunista por el gobernante de turno. Saben que el enemigo existió, que sus héroes y los héroes de los enemigos existieron y dejaron sus vidas en una tierra que disputaron y hoy los acoge a todos. El cuidadísimo cementerio de Pankovka es además un espacio abierto, y mientras el viajero deambula por él, ve a una señora mayor, que con su cesta de la compra atraviesa tranquilamente el lugar, acortando sin duda hacia su destino. La señora es parte del sencillo pueblo ruso que cruza su pasado sin olvidarlo, respetándolo, y ya sin rencor.

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