Tribuna

jOSÉ aNTONIO gONZÁLEZ ALCANTUD

La izquierda honesta

La izquierda honesta

La izquierda honesta / rosell

Septiembre es un mes gustoso, en el que las pasiones se aplacan. Será por la climatología, será por el reencuentro con los compañeros, será porque volvemos a notar la existencia, tras el interregno del estío. Por lo que sea nos produce una moderada exaltación vital. Saludamos aquí y allá, solemos respirar con mayor optimismo.

Cuando escribo estas líneas tengo encima de la mesa un folleto, publicado en 1971 por la editorial Zero, que heredaba a la mítica ZYX, clausurada por el franquismo, que auspiciaban cristianos de base, socialistas y libertarios. El folleto de 73 páginas lo firmaba Salvador Allende, y se titulaba Chile hacia el socialismo. Yo lo leí con fruición. El folleto valía veinte pesetas, y en su contraportada se leía que el doctor Allende era el primer marxista que ocupaba por la vía democrática, desde noviembre de 1970, la presidencia del país americano. Se le describía de esta manera en contraportada: “Salvador Allende es un hombre afable, nada dogmático, socialista sincero y respetuoso con la ley y los principios democráticos […] Su programa, audaz y moderado a la vez, se encuentra íntegro en el presente libro”. En aquella época de adolescencia proustiana nos encantaba oír y leer historias de unos líderes que traían buenas nuevas: el Che, Kennedy, Lutero King y Allende. No veía entre ellos contradicciones, aunque las había y muy profundas. Llevaban esperanzas a nuestras vidas.

El mismo día en que me matriculaba en la universidad, en septiembre de 1973, llevaba bajo el brazo un ejemplar de la revista Triunfo, que también conservo fetichistamente, con la portada de riguroso negro anunciando el fin de la esperanza chilena: el golpe pinochetista del 11 de septiembre había clausurado de manera abrupta la esperanza, abriendo las alamedas a la crueldad. Para muchos de nosotros Salvador Allende significaba mucho, y su propia muerte, defendiendo metralleta en mano el palacio presidencial, lo elevó a categoría de mártir. Un mártir que moría consecuente con sus ideas, sin haber violentado la democracia. Era la izquierda honesta.

El ejemplo de Allende me hace pensar en el presente, en el que casi toda la izquierda ha renunciado a la vía insurreccional, cuyo ejemplo triunfante fue la revolución bolchevique. La única posibilidad de que no se reencarnase el autoritarismo en los recién llegados era aceptar la democracia formal en todas sus dimensiones.

Ahora bien, la pregunta que ha de responder esa misma izquierda democrática es si se puede hacer política en un medio socioeconómico donde no se puede llevar a cabo proyecto alguno sin cantidades ingentes de dinero. Dicen que Stalin, que recordemos eliminó a todos sus camaradas de la vieja guardia bolchevique, era el encargado de llevar a cabo los asaltos para obtener botines para el partido. Sin lugar a dudas no era un intelectual como Trotsky, Bujarin o el propio Lenin, pero olía como buen zorro dónde estaba el talón de Aquiles de la política.

A un conocido le vino la iluminación dejar la política cuando, para concurrir a las primeras elecciones del 78, le proporcionaron una cantidad ínfima de carteles y pegatinas con los que compensar el dispendio de otros grupos. Dándose cuenta de la desproporción de medios, que no de razones, me contaba con pesar, abandonó para siempre el activismo. Luego hemos ido viendo desfilar personajes derrotados, hombres y mujeres antiguamente honestos, que se vieron abocados “a los tres tercios”: uno para el partido (como gestor), otro para mí (como mediador), y el que quedaba para el “pueblo” (el destinatario), en forma de servicios sociales y otros logros propios de la modernidad.

De manera que con el tiempo hemos ido echando de menos a aquellos militantes con mucho de apostólicos, es decir de propagandistas generosos de una fe colectiva en el futuro, que habían llenado los pueblos y ciudades de España en los años sesenta y setenta. Era la izquierda honesta, la que se revolvía contra la pobreza y la injusticia.

El gran problema de la izquierda poderosa de hoy es que perdió, a lo largo de varias décadas de pisar alfombras y sentarse en poltronas, la relación con lo real. Ha llegado al punto de promover, en una suerte de contradicción, derechos animalísticos justos, mientras a las puertas de las sucursales bancarias vivían seres humanos a cielo abierto. Desconectada de lo real, confundiendo la intriga con la estrategia, ha dado paso a un personaje irrisorio que llaman “animal político”, es decir alguien que se levanta por la mañana pensando en cómo mantenerse en el poder a toda costa. Desde luego, estos personajes no pueden ser confundidos con aquella otra izquierda honesta, naif si se quiere, uno de cuyos máximos íconos fue Salvador Allende.

Es más, cuando se acercan a esa otra figura que tantos puntos en común tiene con Allende, que es Pepe Mújica, se nota que lo hacen para lavar su propia imagen. La izquierda actual, si conserva la autoestima, debe rehacerse en la oposición, hacer vida de suburbio, acercarse a los problemas reales del proletariado –que sigue existiendo, oiga– y de las clases medias en extinción, e intentar hacer política con economía de medios. En fin, dar una lección moral. ¿Verdad, que soy un iluso? Quizás como el Allende de mi juventud.

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