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Tribuna

octavi quintana

Director de la Fundación Prima

La UE pos-Covid-19

La UE pos-Covid-19 La UE pos-Covid-19

La UE pos-Covid-19 / rosell

La UE es una institución sin parangón en la historia y todavía sin otra similar en el mundo. Que 27 países europeos que estuvieron desde siempre en conflicto, a menudo en guerra, compartan la misma institución supranacional que regula aspectos fundamentales en la vida y la economía, es un logro muy importante. Es también una institución que está, a menudo, en crisis por agrupar a países con sociedades, economías y culturas muy diversas. La integración entre sus miembros es muy considerable porque cada directiva y reglamento que se aprueba supone una pérdida de soberanía nacional a favor de la supranacional, normas que se aprueban sin cesar y desde hace décadas. No hay más que ver la ardua tarea de desconexión que implica el Brexit, que ha debido ampliar sus plazos y que todavía tiene un camino por delante erizado de obstáculos.

En una perspectiva de 30 años para atrás la UE actual está mucho más integrada y más si se tiene en cuenta la adhesión en este período de muchos más socios. Y, sin embargo, ha enfrentado crisis muy graves que han puesto en duda su propia supervivencia. Sirvan de ejemplo la institucional con el rechazo popular a la Constitución Europea, la del euro, la de refugiados e inmigrantes y, hoy, la del Covid-19. En todas el peligro se ha sorteado con acuerdos de última hora tras múltiples reuniones de los presidentes de Gobierno que han permitido sobrevivir a la UE pero sin resolver los problemas en su raíz.

Estos son muchos y complejos. Pero son de especial importancia los que reflejan la tensión entre las naciones que la integran y la UE. Las instituciones europeas son relativamente sólidas, si bien con mecanismos de decisión democráticos muy complicados, con un peso relativo mayor de los pequeños, mecanismos lentos y farragosos y poder de veto de cualquier país en asuntos importantes, pero todos los actores tienen oportunidad de expresarse. Sin embargo, y a pesar de lo anterior, son instituciones distantes para el ciudadano cuya identidad sigue siendo nacional o, incluso, regional. Hay poca identidad europea para un ciudadano europeo, no hay emoción en esta identidad, falta que cada ciudadano concreto se apropie de esta europeidad. Esa carencia se exacerba porque los líderes se manifiestan en términos nacionales, no explican ni defienden los beneficios de pertenecer a la UE (eso es especialmente flagrante en países del Norte como Alemania, Holanda, Dinamarca y Suecia, que se han beneficiado mucho del mercado único) y, en cambio, atribuyen a Bruselas los costes de esta pertenencia, que se expresan en forma de fábulas y estereotipos, la hormiga del Norte frente a la cigarra del Sur, o de pérdida de soberanía nacional. Pertenecer a la UE supone perder soberanía nacional y debería verse como un logro y no como una merma, ya que se obtiene una soberanía mayor, más allá de la de cada país, pero ni los líderes ni los votantes parecen estar dispuestos a este cambio cultural.

El Covid-19 es un problema de salud pública y, por tanto, distinto de los anteriores, tal vez con el único precedente de la crisis de las vacas locas en el 2000. El discurso de la cigarra y la hormiga no procede en este caso porque, obviamente, no hay culpables del Covid. Hay países que lo han sufrido muy acusadamente a pesar de medidas estrictas de confinamiento como ES e IT, más estrictas que en muchos otros países europeos. Las consecuencias económicas y sociales son y serán devastadoras. Por esa razón la solidaridad entre los socios es y debería ser más necesaria que nunca. Y eso esperan los más afectados por el Covid-19.

Hay algunas señales para un optimismo moderado. La primera es que hay que hacer un esfuerzo enorme en investigación y que esta investigación tiene que ser conjunta. No solo europea sino de todo el mundo. La prueba es lo que, gracias al esfuerzo colectivo, se ha avanzado en el conocimiento del virus en muy poco tiempo y ha aparecido una gran cantidad de publicaciones científicas en pocas semanas. Hay, en este momento, 7,5 mil millones de euros para investigar sobre el Covid-19 de los cuales 1,5 vienen de la CE. La segunda, la necesidad reconocida por todos los Estados Miembros, de mejorar la coordinación sanitaria entre países, así como de sus sistemas de información. La tercera la CE ha realizado varios concursos públicos para equipamiento de prevención, diagnóstico y tratamiento del Covid-19. La ausencia de competencias de la UE en sanidad probablemente se reconsiderará en futuras reformas del Tratado, a raíz de esta crisis, lo que permitiría, entre otras ventajas, no cerrar las fronteras, absurdo en una Unión, y establecer los mismos criterios de cuarentena para todos los ciudadanos fueran del país o región que fueran. La cuarta, y muy importante, es la solidaridad económica. El acuerdo francoalemán es un buen primer paso y, aunque la cantidad es insuficiente, es positivo que se ligue al presupuesto de la UE y con unas reglas de la CE claras y menos humillantes para el receptor.

La magnitud de la crisis del Covid-19 obliga a que estas señales de solidaridad sean muy claras. Sin ellas existe el gran peligro de una desafección generalizada hacia la UE y que la ciudadanía se eche a los brazos de los populismos políticos de toda laya.

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