Emilio Jesús Rodríguez-Villegas

Risas y sonrisas

La tribuna

Risas y sonrisas
Risas y sonrisas

14 de enero 2022 - 01:48

Necesitamos reírnos. Somos animales que ríen y hacen reír. Nos reímos de muchas formas y por muchas razones. Lo cómico va indisolublemente ligado a lo humano, porque, sólo amarrada a lo humano, podremos hallar la risa. Sin embargo, si miramos hacia atrás, la risa, como casi todo lo espontáneo, ha querido ser controlada, vigilada e intervenida. Incluso llegó a ser mal vista y perseguida. Nos parece chocante que Aristóteles considerara que el hombre no debía reírse nunca, porque, haciéndolo, pierde su dignidad. Hasta el siglo XII, no empezó en el seno del cristianismo a hablarse de la licitud de la risa. Contra la risa se habían pronunciado algunos reconocidos varones de la Iglesia, como San Juan Crisóstomo o Clemente de Alejandría, siguiendo alguna sentencia del Antiguo Testamento (Eclesiástico, 21, 20: "El necio, cuando ríe, lo hace a carcajadas, mas el hombre sensato apenas si sonríe"). Después, se fueron abriendo apocadamente las puertas para aceptar una "modesta hilaritas" (una risa discreta), como proponía Juan de Salisbury, hasta llegar a San Francisco de Asís que apostaba por una "santa alegría espiritual". Umberto Eco dejó muestra de aquellas tesis extremas en su archiconocida novela El nombre de la rosa. En ella pone en boca de Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego, unos comentarios demoledores. Le hace afirmar que "La risa mata el miedo y sin el miedo no puede haber fe, porque sin miedo al diablo ya no hay necesidad de Dios". También, paradójicamente, el monje oscuro e inquisidor, obsesionado con el Apocalipsis, intenta animalizarla: "La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono". Hoy, ¡qué decir de la prohibición de la risa del código talibán afgano en pleno siglo XXI! Contra ello, nuestra sabiduría popular refranera: "De hombre (y de la mujer) que nunca se ríe, nadie se fíe".

La risa, como casi todo lo inherente a la persona, además de ser un acto tan humano que proporciona placer y ayuda a superar el dolor, tan presente en las existencias cotidianas como expresión de vida, puede ser visto como un medio. Algunos la han concebido como una herramienta con una función política, resumiendo en una frase la idea: "Castigat ridendo mores" (Enmienda las costumbres riendo). Una expresión latina, presente en la Comedia del Arte, que, seguramente, rondaba la mente de Moliere cuando en sus obras, ridiculizando prácticas sociales reflejo de una estructura familiar y del autoritarismo, se mofaba de la doble moral, sometiéndola al escarnio público.

Pero, no es discutible que necesitamos reír y que la risa puede contarnos muchas cosas. Dostoievski, nos dice en su novela El adolescente, que la risa franca y sin maldad es la alegría, y que, si queremos conocer el alma de una persona, no debemos prestar atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar, o a la forma en que se conmueva por las más nobles ideas, sino que habremos de mirarlo cuando ríe.

Asociamos la risa a la positividad, y dejando aparte esa risa torva y odiosa, que puede incluso convertirse en un arma utilizada para zaherir a otro, para la humillación o como ladrillo que levanta barreras y aduanas, escogeremos, sin duda, esa risa afiliada a la positividad, que ayuda a la salud, que genera endorfinas, que nos reduce el estrés y la ansiedad.

La risa se escucha, es pública, alborotadora y escandalosa. Es extrema: a veces, en ella aparecen las lágrimas, como en el llanto, lo que nos habla de la cercanía de lo extremo. Frente a la explosión de la carcajada, del torrente que se presenta tronante y estridente, aparece la sonrisa, silenciosa, discreta y, en ocasiones, imperceptible. La risa es una liberación momentánea que conecta con lo cómico, mientras que la sonrisa es la expresión más señera del sentido del humor, algo esencialmente indefinible. El humor está dentro de la mente de cada persona y es la opción más inteligente para abordar la vida, que posibilita afrontar las dificultades diarias con una distancia relativizadora que nos permite mantener el control del volante en nuestra ruta vital particular, rebajando la frustración que nuestras limitaciones nos producen.

Aun aspirando a poder reírme mucho, porque lo siento sinceramente como una necesidad, me quedo con la sonrisa inteligente, cotidiana, esa sonrisa que se apiada de mis propios errores, limitaciones y culpas, y también de los de los otros, que se hace cómplice en algunos momentos, que me evita solemnizar y que, otras veces, puede llegar a ser implacablemente subversiva. ¿Alguien imagina la felicidad tras la máscara de severidad? Sonreímos al recordar los buenos momentos, al recordar a quien queremos. Apuesto, por ello, por su valor. No nos podemos olvidar que, para Bécquer, hoy un poco más olvidado, una sonrisa valía un cielo.

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