EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Tribuna

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis

Librería Luque

Que una librería abra sus puertas es un motivo para la esperanza, que permanezca en el tiempo es casi un milagro, pero que cumpla un siglo es un auténtico hito

Librería Luque Librería Luque

Librería Luque

Desde que recuerdo, me fascina contemplar esas pequeñas plantas que crecen en una grieta en el cemento, en la junta de dos baldosas, entre las tejas, expuestas al sol, a la sequía, a la nieve, a la permanente extenuación. Admiro esa capacidad de adaptación y, sobre todo, de supervivencia. Sobrevivir en un mundo hostil, sobrevivir en el páramo, sobrevivir a pesar de todo. Sobrevivir a todo. La Librería Luque, que recientemente ha cumplido 100 años, todo un siglo, desde que abriera sus puertas por primera vez, bien puede considerarse como esa planta, esa flor, que sobrevive y se adapta hasta al entorno más duro y cruel. Porque la suya es una historia de resistencia, de vocación inalterable, sin duda, pero también de asombro y de admiración. Una historia que se merecería no una novela, no cualquier novela, todo un novelón, como poco, en consonancia con todo lo acumulado en la ya gruesa maleta de su longeva existencia.

Un joven de Priego, Rogelio Luque Díaz, en 1919, tuvo la ocurrencia de montar una librería en la Córdoba de la época. En un primer momento, la librería estuvo en la calle de la Plata, por muy poco tiempo, tampoco fue mucho el que permaneció en Diego de León, para ocupar a partir de 1923 y hasta los años 90 el emplazamiento por el que más conocida fue, en la calle Gondomar. Rogelio Luque no fue nunca un librero al uso, aunque también podríamos decir que fue mucho más que un librero, hasta el punto que expresiones como "activista o agitador" cultural se le ajustan como un guante. Impresor, editor, articulista, impulsó varias revistas y ediciones, y tuvo una presencia más que significativa en la actividad cultural de la Córdoba de entonces.

Entre sus amistades podemos encontrar a algunos de los intelectuales más significativos y singulares de la época, como el escultor Enrique Moreno, Rafael Castejón o Ángel López-Obrero. Como es de suponer, la represión franquista no tardó en tildar a Rogelio Luque como peligroso o delincuente, ya que no dejaba de ser lo contrario de lo que promulgan: un activista intelectual de izquierdas. En agosto de 1936 fue asesinado, por "tener libros marxistas en su establecimiento", como burda explicación. Este hecho, lejos de acabar con el sueño de Rogelio Luque lo impulsó, ya que su viuda, Pilar Sarasola, es la que se hace cargo del negocio, hasta pasarle el testigo a sus hijos, Antonio y Rogelio. Si la historia de Rogelio Luque merece ser reparada y dignificada como se merece, otro tanto sucede con la de Pilar Sarasola: en un mundo de hombres, solo de hombres, sacó adelante un negocio señalado por el franquismo, y lo hizo sin renunciar al legado de su difunto marido, denominando el establecimiento Viuda de Luque. Un establecimiento que contaba con el busto que le dedicó su amigo Enrique Moreno, el Fenómeno, y que la mayoría hemos contemplado en numerosas ocasiones.

Que una librería abra sus puertas es un motivo para la esperanza, que permanezca en el tiempo es casi un milagro, pero que cumpla un siglo es un auténtico hito que tenemos que clasificar como histórico. Todos los que amamos la cultura en Córdoba le debemos mucho a la Luque, su resistencia, el ofrecernos un espacio de libertad, conocimiento y creatividad. Yo, particularmente, me he sentido mimado en sus instalaciones: fue la primera librería que me colocó en su escaparate y siempre he sido muy bien recibido, al igual que mis libros, y sé que la mayoría de mis compañeros piensan y sienten lo mismo. En la despedida, vuelvo a Rogelio Luque, ese librero que vino de Priego y que fue asesinado por defender sus ideas o por respetar las ajenas, ahora que se solicita desde la extrema derecha que el marxismo sea prohibido por ley o que las armas de fuego estén a nuestro alcance. Un escalofrío me sacude hasta el dolor. No aprendemos del pasado y tenemos la capacidad de involucionar, de retroceder, cuando ejemplos como los de Rogelio Luque o Pilar Sarasola trazaron la senda por la que ha de transcurrir el futuro, aunque sea abriéndose paso en las grietas del más duro cemento.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios