Tribuna

Antonio rivero taravillo

Elena Poniatowska, casi Nobel

Poniatowska es menuda, chaparrita y chata, y quizá por ello sabe esgrimir el arma de quienes no tienen arsenales de dones que salten a la vista: la sonrisa

Elena Poniatowska, casi Nobel

Elena Poniatowska, casi Nobel / rosell

Tres son los grandes premios de la literatura en español (el Princesa de Asturias no cuenta pues, además de tener menor dotación económica, desde 1999 puede obtenerlo un autor de cualquier idioma). Son el Cervantes, el Carlos Fuentes y el FIL de Literaturas Romances (este en puridad también quedaría fuera, pues son premiables franceses, portugueses, rumanos, etc.). El segundo de ellos lo obtuvo el pasado mes de agosto Elena Poniatowska, quien hace unas semanas sonaba también para el Nobel.

Quien la conoce bien entre nosotros es Miguel Polaino, profesor de Derecho Penal de la Universidad de Sevilla. Por motivos profesionales y de mera devoción por el país, Polaino va a México una o más veces al año (en el momento en el que escribo me envía saludos desde Veracruz antes de viajar a Yucatán y de allí a la capital del país). Tiene el jurista la loable costumbre de adecentar las tumbas del sevillano Luis Cernuda y del malagueño Emilio Prados, en el Panteón Jardín, ya sea personalmente, ya sea mediante el empleado del cementerio al que a cambio de unos pesos ha hecho prosélito de la causa de recordar a los poetas andaluces de la Generación del 27. También, además de frecuentar las librerías de la calle Donceles, donde alimenta su bibliofilia como otros el alcoholismo en una pulquería, habitúa visitar en su casa de Chimalistac, al sur de la Ciudad de México, a la autora de La noche de Tlatelolco.

Se trata de una de las zonas con mayor encanto de la hoy horrible Ciudad de México, un barrio o colonia de recoletas calles próximas al jardín de la Bombilla, escalón intermedio entre ese oasis y el de San Ángel, separados ambos por la avenida Insurgentes, río torrencial de vehículos que corre, con su prolongación norteña, casi treinta kilómetros de la abrumadora urbe. Allí vivió también Augusto Monterroso.

Me gana por goleada Polaino. Mi conocimiento de Poniatowska se limita a haber compartido con ella la presentación de un número de una revista en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en haber departido con ella durante un rato antes del comienzo del acto, a habernos cruzado y saludado en los salones de un hotel perteneciente a una cadena gringa que ahora ha pasado a otra cadena española con nombre de ron y, last but not least, de haberla leído, detalle no tan insignificante si se tiene en cuenta la superficialidad actual, en la que todo esfuerzo parece desdeñado por la mayoría y cualquiera se cree legitimado para hablar de todo sin saber de nada. Pero leer a Poniatowska no es ningún esfuerzo; por el contrario, es una fuente de satisfacciones; más todavía para alguien que casi todo lo que ha escrito en narrativa transita por un género que ella ha cultivado asiduamente y con excelencia: las crónicas de vidas, en las que destacan en su caso, como realzó el jurado, las de importantes mujeres.

Poniatowska es menuda, chaparrita y chata, y quizá por ello sabe esgrimir el arma de quienes no tienen arsenales de dones que salten a la vista: la sonrisa. Ríe mucho, y sobre todo sonríe, como si entendiera que la buena crianza y las formas elegantes no son exhibir piedras preciosas sino el collar de perlas de sus dientes. También es coqueta y, huelga decirlo, inteligente. Si se le suma el acento mexicano de buena familia pero nada “fresa” (quiere decirse “pijo” en el español de España), ya se tiene un buen retrato robot de su atractivo en la conversación. La noche que charlamos, la expresividad del rostro venía subrayada, bajo la media melena blanca, por un vestido negro. Parecía un mimo, mimosa y dulce. Ogro bueno, el escritor Jorge F. Hernández, que medirá el doble que ella y pesará el triple, parecía ser capaz de engullirla entre una broma y otra: no dijo ni una sola cosa en serio.

Desconozco si la forma apocopada de su apellido con la que familiarmente la llaman en su país, La Poni, guarda relación con la estatura, el tamaño, recordando al poni, équido menor que el caballo o la yegua. Quizá sea una inconveniencia la anterior anotación, pero es un término afectuoso ese de La Poni, una muestra de cariño al que me sumo, más ahora que Elena Poniatowska acaba de cumplir los esplendorosos noventaiún años.

Además de las vidas de muchos paisanos y paisanas suyas, y de sucesos importantes de la historia reciente mexicana, Elena ha contado la peripecia de su familia, centrada en la de Estanislao II en El amante polaco. Aunque paya y güera, como los gitanos de nuestra tierra bien puede decir, y hasta cantar, que lleva sangre de reyes.

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