EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

EN el Sur, cuando el termómetro se pone valiente, y hasta vacilón, faltón como está ahora, lo de el sueño de una noche de verano, que propuso Shakespeare, se queda muy impreciso, cuando no erróneo. Hablemos con propiedad, el desvelo de una noche de verano sería un título mucho más apropiado, y hasta se me vienen a la cabeza unos cuantos más que me guardaré por respeto a los lectores. Aunque las máximas son las grandes estrellas de los titulares, lo llamativo, la temperatura comienza a ser una preocupación, y hasta una pesadilla, cuando las mínimas son las que ascienden, como está sucediendo en los últimos días. Porque seamos sinceros, ahora que no nos escucha nadie, a nosotros no nos preocupan, tampoco nos impresionan o alteran, los 38 ó 40 grados de las tres de la tarde, lo que realmente nos afecta, y de qué manera, los 30 grados a las 12 de la noche o los 26 a las cinco de la mañana, la temperatura que martillea eso que llamamos el umbral del sueño.

En estas larguísimas noches recuerdo otras noches del pasado, sobre todo de mi infancia, en la casa familiar. Los cuatro hermanos nos congregábamos en el pequeño dormitorio de mi hermana, donde juntábamos dos colchones sobre el suelo, cerca del balcón, para mejor sobrellevar la noche. Pero hasta dormirnos, escuchábamos aquellos tenebrosos y a veces escalofriantes programas del doctor Jiménez del Oso o los de Pumares, y comíamos pipas y altramuces, y nos rociábamos con un pulverizador que rellenábamos con agua fría. Puedo recordar perfectamente aquellas noches, con salamanquesas recorriendo la cal de la fachada, con olor a jazmines y a tabaco de algún vecino, que fumaba nervioso; noches en las que aprovechábamos la luz cercana y tenue de la farola para jugar a las cartas o para leer un libro, un TBO, una revista, lo que fuera. En cierto modo, si lo pienso, le debo mucho a esas noches sin sueño, que tal vez fueron peldaños en la escalera de mis inquietudes. Todo suma, en cualquier caso.

Lo repito con frecuencia y no me cuesta reconocerlo, envidio desde la envidia más insana e ingrata a todas esas personas que son capaces de estar metidas en la cama, los fines de semana, hasta el mediodía, como el que no quiere la cosa. Y esa envidia se torna profunda admiración, también hablemos de fascinación o de incredulidad, cuando son capaces de hacerlo ahora, en verano. Mi reconocimiento, y mi ruego: compartan esa mágica receta, ese don, ese qué sé yo que me es imposible asumir, y mucho menos entender. A veces me detengo unos segundos a contemplar, desde la admiración -insisto-, como mis hijos duermen, que sí cuentan con ese don, no heredado de mí, obviamente. Relajados, repanchingados, disfrutando de una sensación que tal vez no perciben y que yo anhelo. Salgo a la calle y los comentarios se suceden, la mala noche pasada es la gran protagonista, y cada cual cuenta su rosario de calamidades, cómo ha sobrellevado las horas, los grados, el sudor, todas esas cosas. Desde las diferentes disciplinas artísticas, se han tratado de hacer recreaciones excesivamente complacientes del calor, relacionándolo con algo sensual, incluso erótico, y yo la verdad es que cada vez le encuentro menos encanto, si es que alguna vez se lo vi. Ese calor, casi místico, será el de Florida o el de Sidney, aquí, en el Sur, cuando se desata no tiene nada de agradable, y no se merece ni un verso ni media canción, salvo que sea de protesta.

Hemos vuelto a leer esta misma semana los consejos de los especialistas para dormir bien, o medianamente bien, cuando el calor nos azota. Siete horas como mínimo, recomiendan, y yo busco ese tiempo en mi memoria y no lo encuentro. Desconectar los aparatos electrónicos unos cuantos minutos antes de irse a la cama, que las pantallas azules nos desvelan, estar calmados y el dormitorio ventilado y fresco, entre 22 y 24 grados. La teoría, toda, me la sé, y hasta esos trucos legendarios, como meter la mano en un cubo con agua, y hasta dormir en el suelo -y sentir como tu cuerpo se encaja de nuevo cuando te das la vuelta-, somos especialistas, pero cuando el calor llega, como la pasada semana, dormir es la utopía, el anhelo, el gran deseo. Y echamos de menos esos otros meses que despreciamos cuando tocan. Nunca estamos contentos, o todo es relativo, o siempre hay un lado malo. Cosas del no dormir.

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