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Correr es de sensatos

Escuchar la voz del cuerpo y prestarle la debida atención, que el buen correr es un cuidado hábito de sensatos y disfrutones. Quién dijo cobardes

Correr es de sensatos

Correr es de sensatos / rosell

Correr no es de cobardes, ni de pirados, ni de adictos, aunque, según la intención de quien ponga causa al hacerlo, pueda participar de algo de ello. O, asimismo, a partir de los modos y maneras de los corredores; ya que, salvo en el caso de la cobardía –ante la que huir corriendo puede ser una respuesta natural–, con las otras atribuciones tienen no poco que ver los practicantes de la carrera –dicho así, para no caer en el galicismo de runners. Disfrutar corriendo tampoco es razón del proselitismo, pues correr no es una religión, ni una secta; si bien, al hacerlo, viene al caso la metáfora de los protocolos, las liturgias, los mandamientos o los pecados, con su catecismo correspondiente y su doctrina. Dicho esto, más procede decir de las cosas por lo que son que adivinar su naturaleza por lo que se dice no serlo. Y de este modo, además, se evita el riesgo de las excusas no pedidas, pronto convertidas en argumentos de los detractores.

Correr es de sensatos. Así, con resuelta, escueta y explícita manifestación. Reúne la sensatez tres condiciones a propósito: prudencia, cordura y buen juicio. Vayamos por partes: correr requiere cautela y moderación, que son propias de la prudencia. Proponerse correr un maratón, tras haber comenzado a entrenar pocos meses antes, es una imprudencia soberana; pero del mismo modo despachar con zancadas una carrera de pocos kilómetros cuando ni siquiera se tiene la costumbre de pasear o de andar. Poca cordura habrá, entonces, si así se hace, mas tampoco es cuestión de decir que a quien está corriendo se le ha ido la olla si lo hace con inclemencias del tiempo que no sean alarmantes. Así ocurre cuando correr se ha convertido en hábito, asimilado a la alimentación, la higiene o el descanso, en cuanto a tal carácter de hábitos, y las inclemencias no los alteran, sino que se llevan a cabo con las adecuaciones que resulten, como es el caso de la equipación deportiva. De manera que, al cabo, rija el buen juicio y correr se convierta en eso mismo, en un hábito que reporte beneficios físicos y, tampoco se olvide, psíquicos y mentales: no son pocas las buenas ideas, las atinadas iniciativas, que, aireada la cabeza, vienen al entendimiento, primero, y a la voluntad, después.

Ahora bien, ya que la afición a correr está extendida, también puede apreciarse una fenomenología corredora, un catálogo de variopintos practicantes, como es fácil de advertir en cualquier carrera popular que reúna centenares o miles de corredores. Los hay, así, “estéticos”, que cuidan la combinación de los colores de su indumentaria, los materiales de esta y hasta los complementos que mejor resultan en cada tiempo y lugar. También “tecnológicos” o “digitales”, provistos de relojes deportivos o teléfonos inteligentes, equipados con alarmas, GPS y pulsómetro, que permiten controlar la velocidad de la carrera, la respuesta del corazón y obtener, en el tiempo de la recuperación, el recorrido de la carreta en tres dimensiones. Son fáciles de identificar, además, los “competitivos”, que aceleran el ritmo de carrera cuando tienen otros corredores a pocos metros y pueden experimentar la satisfacción de adelantarlos –en esta categoría también se encuentran los que abandonan la carrera precisamente por los estropicios del descontrol–. Corredores hay asimismo “animosos” y “solidarios”, ya en la vertiente festiva de alegrar la marcha de la carrera, o ya en el acompañar o asistir a quienes sufren alguna lesión o desfallecimiento. Son “planificadores”, por otra parte, los corredores que hacen o cuentan con pormenorizados planes de entrenamiento, dietas, actividades, reposos, con una disciplina que se aproxima a la adelantada metáfora de un protocolo o una liturgia casi religiosa; además de registrar, en bien diseñadas hojas de cálculo, o en aplicaciones a tal fin, su historial de marcas deportivas.

En fin, una variopinta tribu a la que no es mala cosa pertenecer en esa otra categoría de los corredores “disfrutones” –dicho sea en el uso coloquial y a pesar de que, paradójicamente, se sufre–, pues se trata de disfrutar de los ratos de carrera, hechos un benéfico y saludable hábito. Estos corredores, además, han aprendido una muy provechosa lección: la de saberse escuchar, sea cuando el muro del maratón se levanta amenazante, sea en cualquier otra contingencia de carreras menos exigentes. Escuchar la voz del cuerpo y prestarle la debida atención, que el buen correr es un cuidado hábito de sensatos y disfrutones. Quién dijo cobardes.

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