La verdad por ‘fachículos’

Su propio afán

La realidad termina imponiéndose en el debate público, aunque se toma su tiempo y sus protocolos

18 de junio 2024 - 00:00

Juan Soto Ivars ha publicado un artículo que ha producido un gran revuelo. Sostiene que la inmigración es un problema. Eso ha hecho que lo que hasta ahora era un axioma que implicaba la condena general por “facha” o por “racista” haya ganado una inmediata visibilidad y ya pueda, al menos, discutirse.

Con la genialidad de la casa, el columnista Hughes ha descubierto la ley Soto Ivars, según la cual todo problema real que lo políticamente correcto silencia termina convirtiéndose en un tema al menos de discusión respetable. ¿Cuándo? En cuanto que Soto Ivars le presta atención. Ha pasado con otros temas, como el feminismo desmadrado que ya no persigue la igualdad o la cancelación.

Nadie quita mérito a Soto Ivars, atentísimo sismógrafo social de cuándo los temas están maduros (o tan podridos) y toca ponerles su sello de libre circulación. Pero es lógico que algunos que han arriesgado mucho por avisar (a tiempo) de lo que se nos venía encima se sientan un poco desconcertados porque el mérito, los aplausos y hasta el marchamo de originalidad y de atrevimiento se lo lleve el último. Lo suspira levemente la siempre valiente y elegantísima Mariona Gúmpert, experta en pisar minas.

Otra amiga del arrojo, Paz Hernández-Pacheco, justifica con justa generosidad que el público de un columnista, con el que comparte cosmovisión y al que otorga el beneficio de la certeza, empiece a tomarse en serio un asunto cuando lo advierte su referencia. Observación que se suma a la susodicha cuestión de los tiempos, porque es más fácil asumir la verdad por cómodos fascículos, que por incómodos fachículos, digamos.

Yo lo llevo bien, salvo una cosa, la confieso. Que los de mi cosmovisión pongan los ojos en blanco cuando llega alguien ajeno a defender lo que ellos pensaban y callaban y lo que otros pensábamos como ellos y gritábamos (en el desierto). A estos agazapados se les olvida que otros habían escrito ya lo que ahora aplauden a rabiar. Te dan tentaciones de decir “Yo ya lo dije”, pero esa frase es casi siempre una impertinencia, y toca callarse. Y toca más: aplaudir a los que también son muy valientes (sí) diciéndolo ahora. Y todavía toca más: olvidar, por pura estrategia, que ya lo dijimos nosotros, porque entonces estos asuntos volverían a ser cosas de carca, perdiendo el salvoconducto de respetabilidad Soto Ivars, que tanta falta nos hace. Paciencia y barajar, me digo, que éste es tu oficio.

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