Lo siniestro como noticia

Efectivamente, la muerte ha sido entendida como el momento real en el que todos somos iguales

En una ocurrencia que circula se narra el deseo de un hombre rico de que en su caja mortuoria le introduzcan billetes en cantidad "por si le pudieran hacer falta en la otra vida". Sus hijos, a quienes hace el encargo, se muestran muy generosos con su padre y, razonablemente, le proponen que mejor que moneda, que pudiera en algún caso acabarse, sería un talonario de cheques (lo que indica la antigüedad del relato). De esa forma, le dicen, puedes disponer de todo tu capital y no te faltará de nada. Y, claro, parece tenían razón porque, aunque Caronte y su perro Cerbero (cancerbero) sólo reclaman un óbolo para pasar el río Aqueronte, de lo demás nunca se sabe, a pesar de que Micilo, un pobre zapatero personaje de Luciano de Samosata (escritor sirio del siglo III) en sus Diálogos cínicos se muestre contento de ir al Hades ya que allí es donde se consigue, asegura, la igualdad absoluta y ni se cobran las deudas ni se pagan impuestos. Claro que las almas que no disponen ni del óbolo han de vagar cien años, perdidas entre las brumas del "más allá".

Efectivamente, la muerte ha sido entendida desde siempre como el momento real en el que todos somos iguales (alguien pondría una objeción por aquello de los entierros de tres capas solemnes y los de tres sepultureros) y la literatura popular bien se ha encargado de recordárnoslo. Ahí está la medieval Danza de la Muerte que avisa a todas las criaturas que paren mientes y que de ella mayor caudal no se ha hecho que ella merece. Muchos (¿demasiados?) han sido los escritores que han metido mano, que diría el castizo, a este tema de frontera, casi siempre con un fondo moral y una crítica social. Y, alguien diría, con un revanchismo propio de la segunda vuelta que sugiere Jiménez Lozano. Muchos ¡Y Dante!

La curiosa pero intrigante noticia, con un escenario a lo Allan Poe o, más aún, H.P. Lovecraft, cuenta cómo estando un finado ya en la caja, rodeado de sus velas y demás artilugios y un ambiente tétrico y casi asfixiante, he aquí que de pronto en su móvil, dentro del bolsillo del traje mortuorio, sonó una llamada, que llenó de pavor y grave inquietud a los presentes. Y si lo grotesco y siniestro, dice el filósofo alemán Schelling, es que lo que debiendo permanecer oculto ha salido a la luz y Freud que es lo que provoca horror angustioso, es para plantear la gran pregunta del acontecimiento: ¿de qué lado procedía la llamada?

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