Sin maldad

La sentada del Rey

Es llamativo que a estas alturas sigamos elucubrando sobre cuál fue la posición exacta

Las confusas imágenes de la actitud de Felipe VI en la toma de posesión del presidente de Colombia han servido para poner de relieve las contradicciones de determinadas posiciones políticas. Es llamativo que a estas alturas sigamos elucubrando sobre cuál fue la posición exacta que adoptó el monarca ante la exposición de la espada de Simón Bolívar y, sobre todo, extraña que la propia Casa Real no haya considerado la conveniencia de aclarar lo sucedido y explicar a la ciudadanía los motivos de lo que en principio pareció un comportamiento contradictorio del Jefe del Estado. Esta ensimismada actitud ahonda en la sensación de distanciamiento que parte de la sociedad española siente hacia la monarquía.

Aun en la nebulosa de lo que pudo pasar, el incidente ha servido para demostrar la inclinación hacia la sobreactuación y la hipérbole que atenaza a la actividad política. Para unos, la actitud del Rey ha sido una afrenta irresponsable al pueblo colombiano, su historia y sus dirigentes, algo que merece el repudio y la censura del propio gobierno. Como se esperaba, los especialistas en hacer de un incidente una cuestión de Estado no han dejado de aprovechar esta magnífica oportunidad para arremeter contra el sistema dinástico.

Más sorprendente ha sido la reacción del sector ultramonárquico que, con tal de defender la -en principio- extraña actitud del rey, no ha tenido reparos en resucitar la causa imperial española y hacer de Simón Bolívar, ahora, un enemigo público que merece todo nuestro desprecio. Ha resultado ridículo ver como políticos, periodistas y tertulianos, imbuidos del sentimiento imperial español, añoraban nuestra época colonial y trataban al Libertador de América como un bandido cruel y sanguinario, digno de todos nuestros reproches. Hemos oído y leído cómo se ha ensalzado la figura del Felipe VI por su actitud, que con toda gallardía mantenía la dignidad de la nación española, negándose a levantarse al paso de la reliquia del militar americano. El problema surge cuando, muchos de sus defensores mantienen ahora que el Rey de España sí rindió respeto a la simbólica espada. Eso significa que todos los apoyos y vítores que recibió por su actitud desafiante ante ese acto protocolario tendrían que convertirse ahora en críticas por sucumbir a la etiqueta antes que defender el honor de España; porque una de las dos actitudes son dignas de reproche. A ese ridículo se puede llegar cuando solo se busca la confrontación por cualquier causa.

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