En tránsito
Eduardo Jordá
Mirra
Hay un tipo que no es mi amigo, pero me encantaría que lo fuera. Soy un cliente suyo discreto (café cortado, cerveza de mediodía y la casa por la ventana algún viernes con media de paté). Cuando descubrí (que no fue pronto porque, ya digo, soy más bien un cliente discreto) que Claudio, además del bar, tenía en el siguiente tramo de mi calle un restaurante, lo sumé: unos callos para llevar en días de mucho retraso; unas raciones de noche con amigos o familia; una cena de tomate y lo que quiera con mi madre. Siempre conversación justa, correcta, elegante, pero sin traspasar umbrales: mucho más fácil que yo supiera el nombre de Claudio que Claudio el mío.
Uno mira, porque es cliente discreto, y ve a Claudio funcionar en sus negocios. Profesional, educado y seguro. Vende sin aburrir. Y vende todo el rato porque te deja comprar sin que aventures que va a ofrecerte algo distinto de lo que ves. Creo que emplea a seis personas por lo menos. Todos defienden el negocio como propio, lo que, según mi experiencia, no solo habla bien de ellos sino del sheriff, que debe tener razones para motivar.
Uno escucha, intento que el doble –al menos– de lo que hablo, por lo de las dos orejas y una boca, por eso de ser cliente discreto, y, al escuchar, descubre. Por ejemplo, que es complicado encontrar a alguien que no sepa de Claudio por aquí y, más difícil, que alguien no lo quiera bien. Y, poco a poco, me animo a lanzarme. Una conversación algo más larga, una charla más honda. Una mano franca. Mirada limpia.
Uno admira, porque, aunque cliente discreto, hace patria de sus sitios. Y sabe que Claudio exporta lo que hace con normalidad, día a día, para que su gente, que no se diferencia de la nuestra, tenga su iglesia, su red y su propósito. Lo hace con su dinero y su energía y sin ruido. No lo cuenta, pero si te enteras y le preguntas, no lo niega: no costea su buen hacer con una modestia falsa y cortita.
Claudio es un buen tío. Ahora, que vienen los Reyes de verdad, me gustaría pedirles muchos como él en nuestros sitios: un rey de diario. Y, ya puestos, aunque no es mi amigo, que lo fuera. Que me encantaría.
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