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Dos raciones de pensamiento débil

Los partidos se debaten más de lo que debieran en una dialéctica de juego político que les aleja de la realidad

Se levanta uno una mañana, se echa delante el periódico y encuentra un titular en el que se señala que "el secretario general de X…, afirma que aboga por el pleno empleo…(o por resolver definitivamente el problema de la vivienda, o el desarrollo de la cultura…). Y, entendida y asimilada esta información, es probable que le vengan ganas de volver a la cama, una vez liberado de la carga política, solidaria y social que tenía encima a cuentas del problema del paro: si el secretario general aboga por eso, pues ¡ancha es Castilla! Ya tranquilo, fuera preocupaciones. El discurso de esta peripecia es parejo con este otro: ¡Pero, hombre, si tú sabes perfectamente que esto… no es verdad! Ya, pero algo hay que decir contra los adversarios… Y cuando uno, otra vez, se echa el periódico a los ojos sabe que, si aparece XXX, a continuación viene una maledicencia, una insidia, un disparate más o menos duro y deshonroso, puede que despiadado, contra los otros.

Dos rutinas entre partidos, explicaría algún espectador que, acostumbrado a esas fruslerías, apenas ocuparían su atención. Dos rutinas, diría en todo caso otro oyente, inútiles y hasta estúpidas por su bravuconería infantil, una pérdida lamentable de tiempo y un ejemplo de la estupidez viscosa de los partidos. Dos modos de comportamiento que acaban siendo dos modos de ser. Dos raciones de pensamiento débil.

Esto del pensamiento débil, para quien no lo conozca o no lo recuerde, es un bosquejo metafísico del filósofo italiano Gianni Vattimo, que, si bien es verdad que libera de carga majestuosa a conceptos tradicionales como la verdad, el sujeto, la revolución y el poder, que acaban siendo cargas utópicas de autodestrucción, al mismo tiempo termina en una cierta anarquía y desconsideración. Y es una muestra de cómo los partidos se debaten mucho más de lo que debieran en una dialéctica de juego político que les aleja de la realidad, de las esencias de lo que vive el ciudadano. La gran tragedia de la política como esencia y profesión es que remata en una dialéctica de autosuficiencia y ensimismamiento, un saber y una práctica tan encerrada en sí misma que nace y muere así y nada tiene que ver con la dimensión existencial de la vida. (Sí es duro lo que ha dicho pero lo ha hecho en lenguaje político y ello le libra de condena) La voluntad como poder que, entretenida en sí misma, perece en pensamiento inútil de los débiles.

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