EL franquismo acuñó una frase, "sin prisa, pero sin pausa" -tomada de otra de Goethe-, para referirse a la evolución que debía experimentar el Movimiento Nacional a fin de adaptarse a los cambios sin perder su esencia totalitaria. En realidad, los jerarcas del régimen no tuvieron prisa alguna y utilizaron todas las pausas del mundo para retrasar lo inevitable: su caída y la llegada de la democracia.

Curiosamente, la democracia tiene el deber de posicionarse sobre el final del terrorismo etarra, el papel de Batasuna y otros asuntos colaterales en candelero con una actitud semejante a la del régimen de Franco. Prisas, ningunas. Pausas, todas las que sean convenientes para acabar con la banda, entendiendo por acabar con la banda su disolución definitiva sin precio político. Todo lo que sea ofrecerles ventajas políticas no ganadas en las urnas por dejar de matar es una forma de victoria para ETA y, por tanto, de derrota colectiva.

La única prisa constatable es la de Batasuna, que ve aproximarse las elecciones municipales y que si se les impide concurrir a ellas estará cuatro años más sin presencia en las instituciones, o sea, sin poder, influencia y sueldos. Batasuna es ilegal en aplicación de la Ley de Partidos: por ser el brazo político de una organización terrorista. Esta ilegalización le ha sentado bien a la democracia, en la medida en que ha debilitado uno de los flancos más activos del terrorismo y le ha privado de cualificados portavoces y tribunas.

Las prisas batasunas han generado un movimiento de presión a ETA -dentro de lo que cabe- para que anuncie tregua, alto el fuego y disposición a abandonar la violencia. Y, de paso, han propagado un optimismo desaforado en algunos sectores gubernamentales, que se ven ya investidos de príncipes de la paz, como Godoys del siglo XXI, y defienden que el Estado se mueva de su actitud de firmeza de los últimos años, tan exitosa que explica por sí misma que los proetarras estén cambiando.

Menos mal que Rubalcaba, Jáuregui y Patxi López dicen tener claro que la pelota sigue en el tejado de Batasuna. La disyuntiva es conocida: o convence a ETA de que deje las armas para siempre y sin condiciones, o se libera de sus ataduras con ETA, rechaza la violencia como instrumento político (de verdad, no eso que dice Otegi de que si ETA volviera a asesinar él, a posteriori, se opondría) y se legaliza, así, como partido independentista cuya fuerza en el País Vasco será exactamente la que decidan los vascos votando. Un partido como los demás. Si esta idea se mantiene por encima del ruido de estos días, podemos estar tranquilos.

Allá Batasuna con sus prisas y sus miedos. A la democracia, sin víctimas de una ETA acorralada, le sobran unas y otros.

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