La pinza

La auténtica pinza la ha tenido que aguantar Vox, entre el discurso del voto útil a su izquierda y el disgusto del veto a todo a su derecha

Ya tenía yo el título de este artículo, aunque no su contenido. Dependía de si la pinza apretaba y cuánto. Lo que sí estaba claro es que la verdadera pinza ha sido la que le han hecho a Vox entre el PP y Alvise, esto es, entre la retórica del voto útil y la retuerca del antisistema sistemático.

Natural: a todo partido le crecen competidores en los huecos. La política odia el vacío. Aunque una parte ha sido voluntaria. Vox ha renunciado a pelear en la frontera del PP por el voto más formal, digamos, con un perfil más liberal y profesional, más boomer. Yo, que, como conservador a machamartillo, suelo aprobar muchas propuestas de Vox, lamento, sin embargo, ese terreno abandonado, lo confieso, que permite que el PP pase al contraataque entre los votantes (bastantes) de Vox con un perfil más institucionalizado.

La otra parte de la pinza era inexorable. Cuando un partido nuevo que viene de fuera del sistema crece, se instala, pacta, gobierna en coalición, ocupa puestos, etc., sus votantes más antisistémicos se sienten defraudados, como en aquella canción de Sabina en la que los marginales podían admirarle muchísimo mientras era un fracasado, pero no después. Los compromisos internacionales implican tomas de postura, que irritan a unos. Alvise ha estado avisado y ha avistado ese avispero de amoscados con la realidad que Vox tiene que asumir.

Yo tenía, pues, el título y la descripción de la pinza. Lo que no sabía era cómo la aguantaría Vox. No ha crecido como sus partidos análogos europeos, pero ha evitado con holgura el pinzamiento. Si me permiten una imagen homérica, ha cruzado el estrecho entre Escila y Caribdis, doblando sus resultados, sin que los crecimientos respectivos del PP ni de Alvise le restasen. Siendo unas elecciones europeas, el análisis político importante debe hacerse a escala continental, pero en España podemos concluir que Vox ha marcado un espacio propio, con fronteras a ambos lados. Sale indemne del salto de madurez que implica no ser el partido antisistema. Su capacidad de aguante ya dentro de las instituciones frente al discurso del voto útil, por un lado, y frente al disgusto del gesto histriónico, por el otro, da la medida de su resistencia.

Con el rumbo marcado, sorteado babor y estribor, ahora Vox no debería contentarse con suspirar de alivio por haber cruzado su Estrecho de Mesina. Toca encontrar vientos más largos para navegar a lo más hondo.

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