En tránsito
Eduardo Jordá
Mirra
El mazazo de irrealidad de hace unos días nos puso de golpe en la nueva realidad que se anunciaba, la que marcan los cuatro matones del mundo a golpe de invasión y de decisiones personalistas al margen de cualquier regla del juego de las muchas que se pusieron desde la Segunda Guerra Mundial para matarnos menos.
Todos quieren ser grandes y fuertes mientras que los demás países se quedan perplejos y fuera de juego intentando ver qué margen de maniobra les queda en mitad de tanto tiroteo.
Ahora es Trump, el bravucón más evidente y torpe, quien juega a las películas en mitad de un panorama que nunca le gustó en exceso. El nuevo plan es que si no le gusta algo fuera de su territorio pues manda unos misiles o unos ‘comandos quirúrgicos’ y un problema menos. Con el mayor y mejor ejército del mundo se puede permitir de sobra buscar beneplácitos y acuerdos. Si Maduro se pone chulito, pues se lo quita de en medio. Y listo.
No es el único, faltaría más. Esto es una epidemia mundial. El ex espía del KGB, ahora presidente Putin, hizo lo propio con la Ucrania de Zelenski pero a la antigua, con invasión clásica y la sorpresa de que una micronación comparada con la Gran Rusia le plantó cara. Pues nada. A darle bombas y hasta que se agote el suministro. Cuestión de aguante y de tiempo.
China va por el mismo camino de este supremacismo del “yo lo hago a mi manera” y Taiwan, la China original pero rebelde, ya está en el punto de mira. Queda claro que entre ellos se organizan el tablero y se dejan hacer mientras que el resto mira hacia otro lado.
Con una economía también en manos de unos cuantos magnates tecnológicos, aquella cosa antigua de votar a los dirigentes y hacer caso a los pueblos se va quedando en un mero montaje para guardar las formas de unas democracias que, visto lo visto, se quedan en papel mojado ante la fuerza de los hechos de que normas y acuerdos ya no suponen ningún freno.
Si algo hubiéramos ganado es que al menos se han quitado la careta porque siempre supimos que los que mandaban eran ellos. Las apariencias se quedan en nada mientras se reparten el mundo y lo monetizan con sus redes clientelares ante la inacción de organismos tipo ONU que muestran su inutilidad ante un ‘Nuevo Desorden Mundial’ en el que a ver si queda un hueco al menos.
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