EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

La Navidad, con todo lo bueno que tiene y todo lo menos bueno también, está hoy en el calendario. Sinceramente, creo que no debería invertirse ni siquiera el par de minutos largo que se puede tardar en echarle un vistazo a esta columna. No es no me guste que se lea, claro que me interesa, pero es que hoy es un día de familia y reencuentro, quizás de amistades al mediodía y de cena con los de uno por la noche. Supongo que para muchos de nosotros será también un día en que se cuelen recuerdos cariñosos y melancólicos de los tiempos que pasaron y que se llevaron ya a algunos de quienes nos importaban y, bien lo sabemos hoy, nos importan aún. Es decir, hoy hay muchas cosas que vivir, así, en clave de gozo o en clave de tristeza, y cualquiera de los dos sentimientos tiene mucha más importancia que lo que venga en el periódico.

Para el que después del párrafo de antes siga aquí, diré que mis sentimientos sobre este día y los que acompañan las Fiestas son y han sido siempre muy positivos. No engañaré a nadie si reconozco que cuanto mayor me hago, más me he perdido, y como ya he desperdigado algún jirón de felicidad por esos requiebros que trae la edad, la dimensión de mi alegría, de eso que si viviéramos en una peli de Disney llamaríamos el "espíritu navideño", es, no sé si menor, pero sí que distinta. Con todo, me seducen las luces de las calles, el soniquete de los villancicos, los abrazos con los amigos y compañeros para felicitárselo todo, el regusto del frío, el recogimiento infantil de los Belenes, el punto hortera de los árboles de navidad en las casas y en las plazas, los reyes que escalan balcones, los regalos para los que quieres y los de quien te quiere... me gusta. Que alguna vez haya un punto de amargura no lo empaña.

Para muchos, la Navidad, una fiesta religiosa que trascendió ese origen inequívoco para convertirse desde hace muchísimo tiempo en universal, concentra gran parte de la esencia de su fe. No es algo que debamos pasar por alto, sino que impone un necesario respeto, porque aunque lo que festejemos se haya extendido a lo que no es religioso, su raíz lo es sin duda.

En mi caso y en mi casa hay mucha mezcla, porque se cruzan tradiciones diferentes, pero la naturalidad y el respeto se llaman a iluminar unas luces con otras y, en un batiburrillo curioso, celebrar lo que de verdad nos importa: desde el asidero espiritual de cada uno, si es que lo tiene, o desde el que busque, si es que lo persigue, y desde el encuentro, que siempre llega, festejar lo que hemos vivido con quienes queremos para no fallarles el resto que nos queda, intentar ser mejor persona y hacer de una noche buena el comienzo de una vida mejor. Podemos aburrir al Niño pidiéndoselo, pero está en nuestras manos. Pásenlo bien. Sean felices.

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