Reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

El que nunca hace nada

RAÚL González Blanco, el que nunca hace nada, ha vuelto a marcar dos goles como dos soles al Español en liga. Tras lograrlos, ha hecho lo de siempre, o ha vuelto a hacer lo de siempre: besar su anillo y echar a correr, escapando quizás de su propia sombra abierta y alargada, y señalar con los dos pulgares el 7 de su espalda. El otro 7 de España, David Villa, que ha ganado él mismo y por derecho su condición unívoca, ha dicho que es una alegría para el fútbol esta recuperación de Raúl. Este alumbramiento de Raúl al inicio de la competición es una buena noticia no sólo para el fútbol, sino también, y especialmente, para la literatura periodística. Escribir sobre Raúl cuando era el mejor delantero de España, y uno de los mejores del mundo, era aburrido y muy poco literario, por más que mucha literatura, incluida la reciente o supernova, sea también un plomo. Cuando Jorge Valdano lo convocó por primera vez, y se pasó la noche de antes durmiendo a pierna suelta en el autobús, el argentino comprendió que el peso del triunfo nunca sería una losa para ese chaval imberbe que defendía como un látigo y jugaba a todo campo, adquiriendo en los límites del área una cualidad de prestidigitador sin ambición estética, pero que la llevaba a cuestas mientras lograba la mayor eficacia.

Comencé a escribir de Raúl hace unos años, cuando a todo el mundo le dio por meterse con Raúl. Esto es algo que sucede mucho en España, donde las figuras son figuras hasta que nos cansamos de adorarlas. Me pareció entonces que lo que ocurría con Raúl no era una crítica exacta por su bajón de entonces, comprensible en cualquier trayectoria no sólo deportiva, sino también vital, sino que un rencor duro, determinante y atávico había cobrado forma ante Raúl. A Raúl, entonces, cuando se le linchó, no se le estaba recriminando su posible baja forma de esos meses, sino que se le odiaba por su éxito anterior. En este país el éxito, ya sea presente o anterior, se perdona más bien poco; el éxito futuro, cuando todavía se es una promesa, en cambio, se perdona más.

A Raúl le perdonaron el éxito futuro cuando lo descubrió Valdano, pero en cuanto falló se le echó encima la carga endemoniada de todo su legado deportivo. De Raúl jode, entre otras cosas, que juegue en el Madrid, que luche tanto, que lleve siempre encima, cuando juega una final, el capote con el escudo de su equipo que le regaló Enrique Ponce y que, con la bandera de España como una capa recia, haga sus verónicas sobre el toro invisible que late a ras de césped. De Raúl molesta el éxito, que gane los partidos y que quiera ganarlos. Va a picar mucho, ahora.

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