Las dos orillas
José Joaquín León
Ucrania aún resiste
No, La Habana ya no es Cádiz con más negritos, La Habana es un estercolero de miseria, enfermedad y hambre, es el epítome de un modelo comunista que fracasó hace décadas y cuya coartada, el bloqueo económico de Estados Unidos, es tan débil como el supuesto rostro humano de un socialismo que ha tenido muchas oportunidades históricas para evolucionar. La Habana se cae, la tristeza carcome el humor de la isla y sólo se espera que el final sea inmediato. Sea lo que sea, será mejor.
Cuba se independizó de España para caer en manos de aquellos yankis materialistas que Rubén Darío describió en En el triunfo del Calibán, después se liberó del vecino del norte para iniciar una revolución que pronto roló a dictadura al servicio de Moscú y que ahora cierra el círculo de su siglo XX ampliado con un retorno a la esfera de Washington, porque será de allí de donde proceda el nuevo escenario que cierre el telón del castrismo.
El único republicano que queda en la Administración de Donald Trump es Marco Rubio, hijo de unos cubanos que marcharon a Florida como migrantes económicos, aunque el secretario de Estado haya trastocado su biografía como heredero del exilio castrista. Tal como Rubio es el hombre que tutela la transición de Venezuela, será él quien determine cómo solventar la salida de Miguel Díaz-Canel y, probablemente, del viejito Raúl Castro. Moscú o Crimea, que está al borde del Mar Negro y es más apacible, puede ser el destino final de ambos, como lo ha sido de Bashar al Assad, el carnicerito de Damasco.
Dos Castro de segunda y tercera generación son los hombres que se suponen pueden conducir esta transición si se produce al modo de Delcy Rodríguez, aunque como en Venezuela, el poder real de la isla es el militar y su conglomerado empresarial, Gaesa, que controla la mitad del misérrimo PIB del país y casi el 90% del sector turístico.
Con un acierto gaditano para los apodos, el primero de ellos es el Cangrejo –le faltan algunos dedos de la mano–, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl, cuidador y jefe de seguridad de su abuelo, a quien varios medios norteamericanos colocan como el negociador con Marco Rubio. El otro es el Tuerto, Alejandro Castro Espín, coronel, hijo de Raúl, herido de guerra en un ojo en las aventuras castristas en Angola, pero hombre muy cercano a Vladimir Putin y a sus servicios de inteligencia. Fue él quien negoció la anterior apertura con Obama. Su hermana, Mariela, sexóloga, también cuenta. Triste final y triste comienzo, pero así se manejan las transiciones que no quieren errar.
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