En tránsito
Eduardo Jordá
Mirra
Como un ritual cada primavera paseo por la feria, la de los libros. Saludo a los amigos escritores, a los sufridos editores, a los libreros que tantos buenos ratos me han proporcionado a lo largo de décadas de leer, escribir, publicar y conocer todo ese mundo maravilloso, esforzado y tan mal tratado que es el de los libros. Menos mal que algunos siguen creyendo en ellos, antídotos contra la ignorancia que hoy como siempre quiere imponerse a ellos.
Da gusto respirar el azahar de los naranjos mientras descubres autores o charlas con otros lectores que hurgan entre las hileras de novedades a la búsqueda de ese contenido que les haga pasar un buen rato abriendo la mente y poniendo las neuronas en funcionamiento.
En este tiempo en que la ignorancia ha perdido humildad para mostrarte aún más arrogante nada como acercarse a que te firme un ejemplar el mismísimo Ángel Olgoso, con Marina Tapia sonriente a su lado haciendo lo propio; o regalar en pleno día de Sant Jordi un ejemplar de La mujer de rojo a la mujer que quieres y que además se lo firme la propia Ioana Gruia, la escritora llegada de muy lejos para hacernos cercana la intimidad siempre de rojo de su escritura; o, en fin, tener un reencuentro con José Antonio Rodríguez, el incansable director de la editorial Entorno Gráfico y de muchos otros sellos que va poco a poco abriendo camino a autores y lectores de y desde Granada.
No están pagados no estos oficios de las letras. De hecho no habría sueldo que compensara tantas horas de insomnio, de amor y de renuncias que dan como resultado un volumen dignamente escrito y publicado. Nadie en su sano juicio se metería en estos líos si fuera por sacarle un beneficio económico directo. Para eso mejor haberle hecho caso a los papás y haberse empeñado en algo más seguro, serio y decente como se decía en tiempos que eran los trabajos que hoy llamamos 'los de los privilegios'.
Porque dedicándose a las artes del libro la recompensa está en vivir el proceso de sentirse parte de algo noble y grande, parte de la cofradía anarco-caótica de las letras, esa que se reúne cada abril en torno a la Fuente de las Batallas para plantarle cara al último tsunami de banalidad que siempre se estrellará contra las rocas del conocimiento, ese que abre vías y da seguridad en firme roca, como esa orilla donde poder abrir las páginas con olor a nuevo de cada libro, con deseo y amor renovados, cada feria de todas las primaveras.
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