En tránsito
Eduardo Jordá
Mirra
Debemos a Amiano Marcelino, el último gran historiador de la Antigüedad clásica, un sirio de ascendencia griega que escribió en latín, la primera mención a “la festividad llamada Epifanía, que los cristianos celebran en el mes de enero”, localizada en un pasaje de sus Res gestae (finales del siglo IV) relativo a la época del emperador Juliano. Hay fuentes anteriores que remiten a nuestro Día de Reyes la celebración del nacimiento y el bautismo de Cristo, asociados en las iglesias orientales, pero después de la instauración de la Natividad el 25 de diciembre, inspirada por los cultos solares paganos, la Epifanía del 6 de enero conmemora en las iglesias occidentales la hermosa escena en la que el Niño Jesús se manifiesta al mundo cuando al poco de su nacimiento es adorado por los magos o sabios de Oriente, venidos desde muy lejos para venerar al redentor de la humanidad. Hasta entonces, en sus primeros días de vida como Hombre, el Dios encarnado permanecía oculto y no se había revelado. En la misma fecha se celebraban otros episodios simbólicos de la vida de Jesús, el bautizo en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná, que entre nosotros han quedado algo desplazados pero apuntan al mismo sentido de manifestación, dado que reflejan también momentos en los que el Hijo de Dios da a conocer su cualidad divina. El modo dinámico y a menudo sincrético en que se fue configurando la tradición en los primeros siglos del cristianismo tiene en las festividades hermanas de la Navidad y la Epifanía un ejemplo fascinante de los contactos e intercambios entre las iglesias, antes y después de la caída del Imperio de Occidente. Pero la Teofanía, como la llama el rito ortodoxo, que sigue conmemorando hoy el bautismo de Cristo, es un fenómeno atestiguado en otras religiones. Si todo está lleno de dioses, conforme a la famosa sentencia atribuida a Tales, el iniciador de la filosofía griega, no es raro que las presencias divinas se muestren a los ojos receptivos. Y por lo demás lo numinoso, en el moderno sentido que le dio al adjetivo el pensador y teólogo Rudolf Otto, va más allá de la religión e incluye experiencias referidas al territorio del espíritu, tales como el arte, la poesía –especialmente intensa cuando contiene una dimensión epifánica– o la contemplación de la naturaleza. El vasto ámbito de lo sagrado abarca por igual lo grande y lo pequeño. No basta la razón para explicar muchas cosas fundamentales. A poco que se afine la mirada, las meras vidas particulares están llenas de momentos reveladores.
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