Alto y claro
José Antonio Carrizosa
¿La guerra que todos perdimos?
Hay casualidades. Una de ellas ocurrió hace 50 años y 363 días: nací. Por esa puñetera lotería sin mérito propio salí nacional español. Segunda casualidad: el día de la Constitución, el 6, la parte más laica y vapuleada de este puente bendito, estaba en el campo comiendo migas. Me gustaría decir que celebraba la Carta Magna, pero no. Venía enfadado con el mundo gordo y con este chico nuestro. Y no, esta vez no era por Pedro Sánchez (mi hartazgo con él es mitad cansancio, cuarto y mitad perplejidad por su morro y su coro y lo demás sistémico; pero esta semana paso del tipo: tranquilos, hooligans).
Insisto: yo no elegí ser español. Cuando llegué ni había Constitución, y cuando se votó yo no tenía cuatro años. Pero me crie con su sistema, lo estudié con atención (Pepe Acosta, Carmen Calvo, Miguel Agudo, Octavio Salazar: gracias) y, directa o indirectamente, la he practicado, defendido y admirado. Pero elegir, lo que es elegir, no elegí.
Tengo un amigo que sí eligió ser español. Nació en África, vino pasándolas putas, se formó, peleó, cayó y se levantó como cualquiera aquí, más allá del color. No es español por azar, lo es porque quiso y acreditó arraigo y conocimiento suficiente. Si pidieran eso mismo a los casuales naturales, el INE sería una oficina de barrio.
A mi colega le han celebrado la víspera de la Constitución con alborozo. Sus niños quieren hacer lo mismo, ser españoles, pero aún no pueden: deben renovar su residencia. Intenten hacerlo. Solo se pide cita los viernes desde las 08:00 por internet. Existe una aplicación, Mercurio, mala como el demonio, que jamás funciona. A las 08:01 ya no queda nada. Policías, funcionarios y la madre del cordero saben que el sistema ni es eficiente ni transparente ni útil. Si sospechan que es abono para la componenda sucia, aciertan. Pero no le pongan lazo negro: es una caca enferma y blanquecina. Si esto le pasa a un español negro, imaginen al negro sin más.
Seguiré practicando, defendiendo y admirando la Constitución como si fuera inmaculada. Pero hoy, en mis meninges, el soniquete que golpea dice: ¿Constituqué?
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