Su propio afán

Las capillas imperfectas

Hay mucha justicia poética en una capilla funeraria incompleta, pues nunca rematamos la obra de la vida

Presumo de que no salgo nunca del Puerto, pero es una presunción que admite prueba en contra. Y ahora estoy en Portugal. Y todavía más raro: no siento saudade ninguna. Portugal no es un país pequeño, en absoluto, sino que es muy alto y muy hondo. Eso se ve muy bien en el Monasterio de Batalha (la batalla es, ay, Aljubarrota). Están allí las llamadas "capillas imperfectas", porque no se terminaron jamás. Uno, aunque está en mitad del gran monasterio, mira hacia arriba y ve el cielo, más alto imposible, el ultragótico.

El resultado es fascinante; más sabio que los ingleses que se construían "nuevas del paquete" las ruinas para darle un encanto a sus jardines; más poderoso que cualquier ruina verdadera, porque aquí no se ha hundido el techo, sino que se ha retrasado. De resultas, impera, más que la tristeza, la esperanza. Son capillas que todavía podrían terminarse. Esperan su culminación como se espera el regreso del rey Sebastián.

Allí, casi a la intemperie, está el maravilloso túmulo del rey Duarte I y su mujer, Leonor de Aragón. Ella sostiene un libro y él una espada, que no sé si son roles de género o no, espero que no. Y la mano que tienen libre se la han cogido con una delicadeza carnal maravillosa, que enternece al mármol. Se nota que tuvieron que esperar bastante hasta poder reposar reunidos, tras muchos avatares novelescos, con envenenamiento incluido. Mientras se celebraba la misa tradicional estuvieron en el altar mayor, pero cuando dejó de celebrarse de espaldas y en latín, los mudaron a las capillas imperfectas, con curiosa sincronización. Duarte I quiso reposar allí, sí, pero cuando se terminasen. Tras el Concilio Vaticano II, sin embargo, no se esperó más y mejor quizá: no se habrían acostumbrado. Ahora miran al cielo.

El suelo, por su parte, está lleno de verdín, y los visitantes hemos de andar con reverencia y lentitud, inclinadas las cabezas. Para evitar el resbalón, pero el efecto es excelente. Iberista irredento, yo habría dicho, antes de conocerlas, que las capillas estarían incompletas hasta la unión política de toda la península. Pero una vez allí me sentí tan identificado, yo, que lo dejo todo a medias e imperfecto, que no eché en falta más unidad de espíritu. Qué consolado salí. ¿Qué importa lo inacabado de lo que buenamente hagamos si luego viene el cielo, la lluvia, el verdín, la luz, la muerte y la esperanza, y ponen lo que falta y mucho más?

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