Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

El buen mote

El sobrenombre rural es más certero que el apellido, que en muchos casos no dice nada

Dos días después de las extrañas elecciones europeas, dejamos ese asunto a los analistas políticos. Aquí hay gran fundamento y variedad en esa categoría de plumillas. Valga “plumilla” para virar toda e ir a aguas más mansas y costumbristas. Otorgamos a la “parte” (el objeto con que se escribe, antiguamente la plumilla) la condición del “todo” (la profesión de periodista). Tal figura retórica recibe el bello nombre de sinécdoque. Con crueldad infantil y adolescente, colgamos a compañeros el sambenito de un mote que los ridiculiza por algún rasgo físico; pocas veces se apoda a alguien “Campeón” o “Princesa”... si no es con inherente cachondeo. Poner motes en el colegio es algo que quienes no los hemos recibido –o no lo hemos sabido– no ponderamos en su justa medida: de esos u otros complejos suelen estar hechos no pocos comportamientos adultos; en ocasiones propician dosis de lo que damos ahora en llamar resiliencia. Los motes, según la RAE, “son sobrenombres que se dan a una persona por una cualidad o condición suya”. En los pueblos son algo más.

En un pueblo, los motes son mucho más que sorna, ocurrencia o mala leche. Hacen una clara función social: identificar a alguien, pero también a sus padres, abuelos y, con el tiempo, hijos. Diríase que son una arcaica versión de la identificación por un código numérico o de barras, una foto, la huella dactilar, el reconocimiento facial o la información que contiene nuestra retina. El sobrenombre rural es más certero que el apellido, que en muchos casos no dice nada porque en muchos pueblos hay una decena de nombres familiares que comparten muchos, y el resto son patronímicos del todo comunes: no distinguen. La potencia de esos motes proviene de que –antes mucho más que ahora– se heredan, de forma que esa cualidad o condición que dio lugar al apodo suele ser un mero apellido que no figura en el Registro Civil, un “el chirola”, “el presi”, “la clavelito” o hasta “el loco” y “la mojama” con el que uno o una carga sin responsabilidad ni culpa; una simple herencia que, como suele suceder, tiene sus activos y sus pasivos. Pero propician un resultado práctico: identificar a las redes fuertes o débiles con las que nos relacionamos de manera continua o esporádica. Una vez evaporada la inquina o el sadismo, pueden ayudar a la cohesión social y a la seguridad del lugar, y ya se sabe que seguridad y libertad son asuntos que suelen robarse el terreno.

Ojalá estas trivialidades sirvan hoy martes para “desengrasar”. Que dicen los plumillas cuando la cosa está muy caliente y espesa.

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