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La bata vieja de Diderot

Aquellas personas que en teoría cubren una necesidad pero terminan haciendo más compras. Es el efecto Diderot

Denis Diderot fue un filósofo del siglo XVIII, cuya vida transcurrió con austeridad y era de una prudente moderación. Incluso tuvo que vender su biblioteca para la dote de su hija. A Diderot se le conoce por haber dirigido, junto a D'Alembert, el gran trabajo de la Ilustración que fue la Enciclopedia, razón por la que aparece en los manuales de texto. Pero ahora no se trata de contar su pensamiento filosófico sino de cómo su vida se vio perturbada cuando hizo un favor a una tal Mme. Geoffrin y ésta, por gratitud, le regaló una bata nueva. Y de ahí le vino su desgracia porque con esta bata imperial, se dijo, tendré que cambiar el humilde sillón en el que trabajo… y tras hacerlo, pensó, ¿y esta mesa ya desgastada?... se arruinó y, sobre todo, se sintió viviendo en un palacio ajeno a todo lo que él era.

Y de ahí viene lo que algunos sicólogos llaman "el efecto Diderot", aquellas personas que en teoría cubren una necesidad pero terminan haciendo más compras: decides correr y adquieres unas zapatillas nuevas, pero en seguida te das cuenta de la necesidad de una camiseta… y se acaba con un equipamiento nuevo. Gastar por gastar. Con dos ideas de fondo: una, que los bienes que una persona adquiere buscan organizar una "intuición de identidad"; dos, que un elemento nuevo, que no encaja con el ajuar anterior, dispara una espiral de consumo.

Luego se rehízo y confió en que se pagarían todas las deudas. Pero en un relato espontáneo (con el subtítulo de: "Aviso a los que tienen más gusto que fortuna") dejó un brillante lamento mostrando su pesar por la decisión que había tomado… con la bata vieja: ¿Por qué no haberla guardado? Estaba hecha a mí; yo estaba hecho a ella... yo estaba pintoresco y hermoso. La otra, rígida, gravosa, me convierte en maniquí. Si un libro estaba cubierto de polvo, uno de sus faldones se ofrecía para limpiarlo. Si la tinta espesada se rehusaba a fluir de mi pluma, ella ofrecía el flanco. Allí se veían trazados en largas rayas negras los frecuentes servicios que me había prestado. Esas largas rayas anunciaban al literato, al escritor, al hombre que trabaja. Ahora tengo aire de rico holgazán; no se sabe lo que soy. Bajo su abrigo yo no temía ni la torpeza de un criado ni la mía, ni las chispas del fuego, ni la caída del agua. Yo era el amo absoluto de mi bata vieja; me he convertido en el esclavo de la nueva. ¿Dónde está mi antiguo, mi cómodo harapo…

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