La ciudad y los días
Carlos Colón
Recuerda la bondad que hay en ti
No es solo empatía y solidaridad. O tal vez sí. Porque cualquiera de nosotros podría haber estado allí. En el Iryo o en el Alvia. Debajo de los amasijos, con la vida pendiente de un hilo en un hospital o con la ropa oliendo a polvo sin saber qué hacer en el andén. Siendo protagonistas o testigos de una tragedia con la que no contábamos; asumiendo la fragilidad, vulnerabilidad y extrema precariedad de nuestras vidas.
Bajamos a Sevilla y pasamos por esas vías. Subimos a Madrid desde Málaga, Córdoba o Granada y pasamos por esas vías. Personas tan normales como tú y como yo, haciendo un trayecto normal, en un día normal. Lo que cambia no es el viaje; es el azar.
Me obsesiona esa palabra desde Adamuz. El azar que separa a quien llega a casa de quien no vuelve. Historias mínimas que nos vuelcan el corazón: una opositora que perdió el tren y salvó la vida; otra que se cambió de vagón para ir con una amiga y, justo por eso, hoy puede contarlo; y esa niña de seis años de Punta Umbría, Cristina, que nos ha dejado rotos a todos porque verá pasar las hojas del almanaque pero no a la familia con que este año festejaba el Día de Reyes en Madrid.
Vivimos instalados en automatismos. Hemos naturalizado la movilidad vertiginosa con que se ha ido vertebrando nuestro país desde 1992 y que hoy damos por garantizada: trenes, horarios y billetes en el móvil. Pero debajo de esa normalidad late lo que Ulrich Beck llamó la “sociedad del riesgo”: sistemas cada vez más complejos y sensibles a un fallo que emerge fuera de nuestro control. Porque no hay tecnología capaz de blindarnos contra lo incomprensible. Porque donde cada uno de nosotros estamos, justo ahí también está el riesgo.
Ahora hay dos frentes que nos recuerdan demasiado a la tragedia de Angrois y que nos dirán si hemos aprendido algo de todo lo mal que se hizo en la dana. El primero: el derecho al duelo. Que la política, que el fango del electoralismo, no se meta en el dolor. Que siga habiendo colaboración, lealtad y respeto sin espacio para los bulos. El segundo frente es la página abierta del porqué. Se habla de una posible rotura del carril pero aún no sabemos si fue antes o después ni cómo pudo suceder. ¿Un fallo en la soldadura? No se descarta nada y eso significa incertidumbre y, de nuevo, desasosiego y carta blanca para quienes tienen de oficio intoxicar. Lo único certero e implacable es, una y otra vez, el azar: tres trenes pasaron antes y no ocurrió nada. Un fotograma después, en apenas 20 segundos, todo se quebró.
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