El habitante
Ricardo Vera
Y no volverán
Es difícil aportar algún elemento de juicio más de los que ya se pueden consultar en la hemeroteca reciente sobre el disparate jurídico y político que supondría la aprobación de una ley de amnistía para conseguir que Puigdemont apoye a Sánchez. Me remito, por ejemplo, y por todos, a García Amado, Sobre amnistías y embudos, ABC, 30 de agosto, o a la entrevista con Virgilio Zapatero, publicada en The Objective por Esther Jaén y Ketty Garat, 2 de septiembre. Estoy, por supuesto, con Felipe y Guerra.
La cuestión no es si la amnistía o la autodeterminación son constitucionales. Eso, respetable compatriota, importa un soberano colín. Sus señorías saben positivamente que ni una cosa ni la otra lo son, pero cada cual tiene su afán. Quienes la pretenden no tienen por qué valorar su encaje constitucional, porque el planteamiento esencial de su postura es la separación del país; quienes abiertamente la contemplan desde Sumar, nunca han ocultado su escaso apego al actual marco constitucional, al que despectivamente llaman régimen del 78 con la carga peyorativa que ello implica. Feijóo, candidato a la investidura, puede clamar en el desierto, pero le faltan cuatro votos. Y Sánchez espera.
El drama que me consume entre el estupor y, lamentablemente, la previsibilidad es que los escaños socialistas del Congreso y del Senado, poltronas perdedoras, pero cómodas, de las elecciones (convendría recordarlo a menudo), no albergarán discusión alguna sobre el particular interés que tenga el presidente en funciones. Sospecho que nadie opondrá el derecho (garantía formal e indispensable de la democracia), o su propia libertad intelectual (en fin, garantía de todo), frente a la oportunidad que Sánchez indique. Bueno, quizás debería dejar a un lado la exageración: ni me consume el drama, ni Sánchez indicará abiertamente nada que no pueda negar, pero, compatriota serio, asisto perplejo a la eventualidad más que probable de que si Sánchez manda que tiren adelante – vía amnistía o (aquí la magia) cualquier nombre nuevo, retruécano infumable que permita fabricar el relato ficticio de que no entrega los trastes (y esa será otra historia)– votarán lo que les diga. Sí, una puta vergüenza.
Si callan con esto, si tragan con esta bazofia, serán perfectamente prescindibles. No puede ser presidente a toda costa, destrozando consensos esenciales que harán falta en el futuro. Eso no es disciplina, es entreguismo; no es utilidad al servicio del país, es utilitarismo. Firmes al servicio de una ambición corta y transitoria y en el beneficio propio de no jugarse el hueco en la lista. Garantizaron lo contrario a sus electores. Si callan, les habrán engañado. Yo no quiero representantes silentes, los quiero valientes. Y, desde la más radical condición demócrata, por puro pragmatismo (Sánchez no es eterno), deberían saber que se acaba (antes que tarde, porque los estamos mirando) el tiempo de comerse el pan y cagarse en el morral.
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