Crónica personal
Pilar Cernuda
Qué más tendremos que soportar
Cuentan que el impacto fue tan brutal que nos partió la tarde-noche a todos en dos, como si alguien hubiera rasgado el paisaje con una cuchilla de hierro. Cuentan que durante unos segundos nadie supo dónde estaba, que el tiempo se detuvo y que el miedo, ese animal tan ancestral, empezó a respirar dentro de los vagones. Cuentan que hubo gritos, llantos contenidos y miradas perdidas buscando una mano salvadora que agarrar. Y cuentan que, casi al mismo tiempo, todo Adamuz tendió esa mano que más que mano fue corazón.
Cuentan que los primeros vecinos llegaron corriendo, con el alma por delante del cuerpo, sin chalecos ni protocolos, con lo puesto y el corazón desbordado. Cuentan que alguien dejó la puerta de su casa abierta para siempre esa tarde-noche para alojar a quien hiciera falta, que otro se quitó la chaqueta para tapar a un desconocido, que una mujer susurraba palabras de calma como si rezara, aunque no supiera a quién. Cuentan que se sostuvo el dolor ajeno con una delicadeza que solo nace cuando no hay tiempo para pensar y sí para sentir. Que se secaron lágrimas que no eran propias y se ofrecieron brazos que a veces se antojaban tan útiles.
Cuentan que Adamuz se hizo refugio, que el corazón del pueblo entero latió al mismo ritmo que el de los heridos. Que hubo agua compartida como si fuera un tesoro, móviles prestados para llamar a casa, silencios respetuosos cuando sobraban las palabras. Cuentan que nadie miró el reloj, que nadie preguntó cuándo acababa aquello, porque allí no había turnos ni relevos: había personas cuidando de personas. Cuentan que el miedo se volvió menos oscuro cuando alguien te miraba a los ojos y te decía “estoy aquí”, y que ese “estoy aquí” valía más que cualquier sirena, aunque estuviera varada.
Cuentan que llegaron después los técnicos, las ambulancias, los informes y las cifras. Pero que antes de todo eso ya había ocurrido lo esencial. Todo Adamuz se había conjurado en un intento de aliviar la barbarie. Cuentan que bien entrada la dura madrugada muchos vecinos regresaron a casa con las manos cansadas y el alma revuelta, sabiendo que algo inolvidable se les había quedado en el corazón para siempre. Y cuentan que aquel día todo un pueblo rebosante de solidaridad eligió ser enorme. Que Adamuz recordó al mundo que la humanidad no hace ruido, no pide aplausos y no busca titulares; simplemente aparece cuando más falta hace… y da el corazón.
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