12 de febrero 2024 - 00:45

Es la canción que España, lo cual es demasiado amplio para el caso, lleva a Eurovisión, lo cual es demasiado cutre para el continente. Reconoceré varias premisas iniciales al respecto, que conviene tener en cuenta: 1) me es completamente indiferente qué canción, o lo que sea, lleve España, o lo que sea, al festival de Eurovisión, o lo que sea; 2) al fin y la postre, la canción que representa, más que a España, a la cadena española RTVE, a estas alturas ya innecesariamente pública, aunque no por esto, es el fruto de la elección estética de un jurado profesional y del público que sigue el espectáculo en cuyo marco se decide, y para gustos, colores; 3) el show global del festival hace ya tiempo que viró desde aquel programa neutro para todos hacia otro tipo de espectáculo, ni mejor ni peor (es descriptivo, no peyorativo), mas anclado en consolidar unos targets de audiencia (jóvenes, de cierta vanguardia estética y público gay, más destacable por queer que por LGTB), y 4) esto, antes, con todas las cautelas del mundo frente a la naftalina y el azúcar, iba de cantar y cantar bien; hoy, es solo un factor más, si es que existe.

Sentadas mis apreciaciones previas, que no tienen por qué ser tenidas como ciertas a escala absoluta, porque son solo eso, apreciaciones mías previas, flipo en colorines, lentejuelas, plásticos pop y recauchutados contraculturales. El feminismo ahora llamado clásico, manda la cosa ovarios, o incluso, ¡reovarios!, radical, responsable histórico –y práctico– de que la lucha por la igualdad sea la misma que las de las mujeres y, lamentablemente en menor medida, de que un número creciente, pero insuficiente, de hombres se sume a considerar, y, otra vez, practicar, que igualdad es solo, y nada menos, igualdad, está perplejo al ver como la mayoría de los otros quinientos treinta mil neofeminismos entienden, jalean o celebran que un auditorio coree ufano zorra hacia (y con) una mujer que revindica, parecen asumir, un himno de liberación y autodeterminación sexual o de género, que la cosa no es pacífica. Comprendo el aburrimiento neofeminista para elaborar una teoría postrevolucionaria de esta nadería y comprendo también las señales de alarma que percibe el feminismo porque acontezca y se amplifique, pero tengo para mí que el relato que propicia el debate no existía a priori, se fabrica después. Lo que había es una canción pegadiza de dudoso gusto y calado, pero qué diré yo si fui fan de Chiquilicuatre, visto lo visto, la opción más disruptiva que exportamos al sarao.

Mientras esto humea, el resto de mierdas que nos rodean, también en este campo, florecen como setas venenosas y aspecto de lindas margaritas. Pedro Sánchez (hoy vendría al pelo llamarle Peter, pero no), paladín: feminismo divertido, dice, y el resto, chitón, bajo pena de fachosfera. Me apunta una joven: pelos en el sobaco, sí, pero pintados de colores y digamos elles, con cara de que parezca importante. Todo resuelto, hermana.

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