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Tiempos maquiavélicos

Dan ganas de hacer lo que Maquiavelo: retirarse a una casa aislada en un bosque y dedicarse a leer y escribir

Como hay gente para todo (léase pa tó), de la misma forma que a Dalí le dio por entretenerse en las tardes del pegajoso verano de Portlligat en aplicarse miel en las puntas del bigote e intentar atrapar con la comisura de la boca a las moscas que allí acudían, a mi me ha dado en estos días de pandemia por releer a Maquiavelo. Comprendo que no es lo más apropiado en semejantes circunstancias, pero la observación de la realidad te ofrece imágenes y situaciones que ni a los más destacados cultivadores del denominado realismo mágico se les hubiera podido ocurrir.

Durante mis años escolares y de Bachillerato, Maquiavelo era un tabú del que solo se hablaba de pasada y cuya obra era reducida a aquella máxima de que el fin justifica los medios. No lo entendíamos bien aquellos adolescentes que por entonces estábamos más pendientes de los regates de Quino o Enrique Montero que de la literatura del Renacimiento. Pero como la curiosidad abre puertas al aprendizaje, tan pronto pude me acerqué a las obras disponibles de Maquiavelo y descubrí a un hombre inteligente y observador que, más que nada, tenía los pies en el suelo. Maquiavelo no era el maligno en persona, sino un testigo perspicaz de hechos que había vivido y un gran humanista que veía reflejada la repetición de la historia de Grecia y Roma en el presente que le tocó vivir. Maquiavelo no era maquiavélico, sino un intérprete fidedigno de su presente mirándolo con ojos del pasado para que no volviera a repetirse en el futuro. Culparle de los males del mundo es como culpar de las malas noticias al periodista que informa de ellas.

No es que fuera un santo, ni mucho menos, pero tampoco lo eran ninguno de los reyes y gobernantes con los que le tocó convivir, ni los papas que pudo conocer. Y dejándome llevar, sólo un poco, de la mano de mis lecturas, miro el presente y dan ganas de hacer lo que él hizo, mejor dicho lo que le obligaron a hacer: retirarse a una casa aislada en un bosque y dedicarse a leer y escribir. Ver informativos produce náuseas, escuchar tertulias manipuladas repugna, las redes sociales son una pérdida de tiempo. ¡Qué pena no poder volver a vivir, aunque só lo sea por unos días, dentro de doscientos años y enterarse de una vez de lo que realmente está pasando! Para entender algo de lo que se cuece ahora, habría que leer el BOE en lugar de ver la televisión, pero ¡es tan aburrido!

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